El dirigente estatal del PRI, Enrique Padilla Sánchez, enfrenta un problema que en política suele ser más costoso que un mal discurso: la falta de congruencia entre lo que dice y lo que proyecta.
Durante meses, el PRI ha intentado posicionarse como un partido opositor, señalando fallas del gobierno estatal en materia de seguridad, economía, salud y gobernabilidad. Pero una foto descubrió el verdadero rostro del “opositor”.
La reunión sostenida con el secretario de Gobierno, Luis Antonio Ramírez Hernández, y la fotografía difundida por la propia autoridad muestran una escena de absoluta cordialidad, difícil de conciliar con la firmeza que el partido presume en sus declaraciones públicas.
No se cuestiona el diálogo institucional. Al contrario, es una obligación democrática. Lo cuestionable es que, mientras el PRI endurece su discurso ante los medios, su dirigente aparezca proyectando una cercanía que debilita la narrativa de una oposición firme.
Más aún cuando fue el propio PRI el que solicitó el encuentro. La imagen deja la impresión de un partido que critica desde la tribuna, pero negocia en privado sin mostrar la misma contundencia que exige en sus comunicados.
La política requiere diálogo, pero también coherencia. Si Enrique Padilla pretende encabezar una oposición creíble rumbo a los próximos procesos electorales, deberá explicar cómo concilia un discurso de confrontación con una imagen que muchos ciudadanos interpretarán como una señal de comodidad frente al poder.
En política, las percepciones importan. Y esta fotografía podría terminar haciendo más daño a la credibilidad del PRI que cualquier crítica lanzada desde el gobierno.