El Movimiento Regeneración Nacional (Morena) ha transformado el panorama político mexicano en poco más de una década, pero con todo y sus expectativas hay cosas que no se han modificado. La llegada de innombrables y los excesos de algunos siguen siendo la piedra en el zapato del movimiento que prometía cambios sustanciales a problemas añejos.
Fundado en 2011 por Andrés Manuel López Obrador (AMLO), el partido ha capitalizado el hartazgo social hacia una oposición percibida como corrupta y desarticulada, logrando un ascenso meteórico que lo ha llevado a controlar el Ejecutivo, el Legislativo, la mayoría de las gubernaturas y, tras la reciente reforma judicial, una influencia significativa en el Poder Judicial.
Sin embargo, a pesar de estos logros, Morena enfrenta retos estructurales que podrían determinar su capacidad de mantenerse como fuerza hegemónica más allá del carisma y el legado de su fundador, hoy en manos de la primera mujer en la presidencia y quizá la que más legitimidad ha tenido para ocupar ese cargo.
El principal desafío de Morena es forjar una identidad propia, independiente del “peso gravitacional” de AMLO.
Como señala un análisis de EL PAÍS, aunque Morena ha consolidado un poder electoral impresionante, con 24 de las 32 gubernaturas y mayorías en el Congreso, su estructura interna sigue marcada por las dinámicas de un movimiento social más que de un partido político consolidado.
La dirigencia actual, encabezada en parte por figuras cercanas a AMLO, como su hijo Andrés Manuel López Beltrán, apuesta por un crecimiento cuantitativo de la militancia, buscando alcanzar los 10 millones de simpatizantes para las elecciones intermedias de 2027.
Pero este enfoque, basado en la incorporación de viejos liderazgos del PRI y del PAN, así como en la captación de sindicatos tradicionales como el SNTE y la CTM, ha generado críticas internas y externas por su falta de cohesión ideológica. Además de la falta de cargos -o encargos- de primer nivel a los grupos fundadores reales.
La dependencia de los programas sociales, que benefician a cerca de 6 millones de personas con un presupuesto proyectado de 1 billón de pesos para 2025, es otro punto de fricción.
Si bien estos programas han sido clave para consolidar la base electoral de Morena, su sostenibilidad está en duda ante la renuencia de la presidenta Claudia Sheinbaum y su antecesor a impulsar una reforma fiscal que amplíe la base tributaria.
Como apunta BBC News Mundo, la popularidad de Sheinbaum, con un 80% de aprobación, no garantiza que los programas sociales puedan mantener una militancia por conveniencia en lugar de por convicción ideológica. Sin importar que el pueblo bueno tenga prostituta idea de lo que esto signifique.
Piénselo así, la ausencia de una reforma fiscal progresiva, que grave más a las grandes corporaciones y a los sectores más ricos, limita el margen fiscal del gobierno, lo que podría erosionar el apoyo de las bases si los recursos se agotan.
Otro desafío crucial es la limpieza interna. Morena arrastra el lastre de la corrupción heredada de expriistas y experredistas que han ocupado espacios clave en el partido.
La reciente propuesta de crear una comisión para evaluar afiliaciones, que será discutida en el Consejo Nacional del próximo 20 de julio, ha generado controversia.
Gerardo Fernández Noroña, presidente de la Mesa Directiva del Senado, ha calificado esta medida como “excesiva”, proponiendo en su lugar establecer en los estatutos conductas inaceptables, como la corrupción o la represión, para vetar el ingreso de figuras cuestionadas.
En palabras de Noroña, personajes como Felipe Calderón, acusado de políticas represivas, nunca deberían ser admitidos en Morena. Esta postura refleja una tensión interna entre quienes buscan un partido más institucionalizado y quienes temen que los controles excesivos limiten la apertura del movimiento.
Por otra parte la reforma judicial, que convirtió a México en el primer país en elegir a todos sus jueces por voto popular, es un ejemplo de los riesgos que enfrenta Morena.
Aunque presentada como una herramienta para combatir la corrupción en el Poder Judicial, la baja participación del 13% en las elecciones judiciales de 2025, según BBC News Mundo, cuestiona su legitimidad popular.
Las críticas de la oposición, que la considera un intento de Morena por controlar todas las “palancas del poder”, se suman a las preocupaciones sobre la calidad de los candidatos, algunos de los cuales carecen de experiencia o tienen vínculos cuestionables.
Reformas similares, como las de telecomunicaciones y la transferencia de la Guardia Nacional a la Secretaría de la Defensa, también han generado críticas por su impacto en el equilibrio de poderes. Quizá porque hubo poco cuidado en su explicación.
El liderazgo de Claudia Sheinbaum, descrito por EL PAÍS como reflexivo y basado en datos, contrasta con el carisma avasallador de AMLO. Lo he dicho y repetiré hasta el cansancio: Ni Claudia, ni Lorena, ni Luisa Maria ni ninguna otra figura es Obrador, por eso se exponen a perderlo todo.
Por eso su capacidad para consolidar el control del partido es cuestionada, especialmente porque muchos gobernadores morenistas deben su posición al expresidente y no a ella, quien lo dude vive engañado, en una caverna o las dos cosas.
La analista Paula Sofía Vásquez señala que, aunque Morena ha logrado un poder electoral abrumador, Sheinbaum no controla plenamente el partido, lo que se refleja en desobediencias internas, como las resistencias a la ley antinepotismo.
Por eso para mí como para muchos más el Consejo Nacional del 20 de julio será un momento clave para definir el rumbo de Morena.
La creación de una comisión evaluadora de afiliaciones podría ser un paso hacia una mayor institucionalización, pero también corre el riesgo de alienar a sectores de la militancia que valoran la apertura del movimiento.
Para sobrevivir a la sombra de AMLO, Morena necesita formar liderazgos propios, alejados de la escuela dogmática representada por figuras como Rafael Barajas, y construir una militancia comprometida ideológicamente, no solo sostenida por programas sociales.
Las elecciones de 2027 serán una prueba de fuego para determinar si Morena puede trascender el personalismo y consolidarse como un proyecto político de largo plazo, o si, como advierten los usuarios en redes sociales, particularmente “X”, corre el riesgo de repetir la decadencia del PRI por su dependencia de un solo líder.
En este contexto, Morena debe decidir si quiere ser un movimiento perpetuo al servicio de un líder o un partido capaz de renovarse y enfrentar los retos de un México en transformación.
El camino no será fácil, pero el próximo domingo podría marcar el inicio de una nueva etapa, o el reforzamiento de las mismas inercias que han dado fuerza, pero también vulnerabilidad, al proyecto morenista.
Para Tlaxcala como otras entidades las cosas están muy claras: este 20 de julio se sabrá la suerte que correrán los aspirantes a la gubernatura: Oscar Flores Jiménez, Alfonso Sánchez García y Alejandro Aguilar López, versus Ana Lilia Rivera Rivera, Marcela González Castillo, o Josefina Rodríguez Zamora.
Los caballos negros y otros que invierten en el auto elogio no hacen más que engañarse; la autocomplacencia les llena, aunque en verdad aspiran a una negociación que podría o no darse, pero mientras esa posibilidad llega son felices imaginándose en un mejor cargo del que actualmente ocupan. Para eso les alcanza.

