MARTÍN RODRÍGUEZ HERNÁNDEZ/INNOMBRABLE
MARTÍN RODRÍGUEZ HERNÁNDEZ/INNOMBRABLE
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Lo dicho ayer por Trump ha hecho eco en la Secretaría de Economía (Sedeco) de Tlaxcala; cuentan que los sanitarios de esta oficina se vieron saturados tras el anuncio inicial del 25% de aranceles contra el sector automotriz. El papel higiénico fue insuficiente.

No es para menos, Donald Trump, ese profeta del caos con peluquín, nos tiene agarrados del cuello otra vez.

Este miércoles, su gobierno anunció que aplaza un mes los aranceles del 25% al sector automotriz de México y Canadá.

Sí, un mes. Hasta el 2 de abril, dice la vocera Karoline Leavitt, los carros del T-MEC se salvan del machetazo. Después, que Dios nos agarre confesados.

La excusa es la misma de siempre: el fentanilo, ese coco con el que Trump asusta a sus votantes mientras se mira al espejo. Pero aquí el que tiembla es el sector automotriz.

Stellantis, Ford y General Motors, los tres mosqueteros de Detroit, le lloraron al tío Sam y lograron este respiro. “No nos dejen en desventaja”, suplicaron, y Trump, magnánimo como emperador de casino, les dio 30 días para ajustar las tuercas.

En Tlaxcala, donde el Clúster Automotriz de la Zona Centro presume estabilidad laboral, ya deben estar rezándole a San Juditas.

Si los aranceles caen como guillotina, las plantas de autopartes van a sentir el golpe. Miles de empleos penden de un hilo, y las inversiones que soñaban con aterrizar aquí podrían volar a otro lado.

México y Canadá tienen un mes para negociar o prepararse para la guerra comercial. Si esto se pone feo, Tlaxcala y el país entero van a pagar los platos rotos de un magnate que cree que el comercio es un reality show. Tic tac, señores, el reloj no para.