Aranceles y soberanía: el pulso entre Sheinbaum y Trump

MARTÍN RODRÍGUEZ HERNÁNDEZ/INNOMBRABLE
MARTÍN RODRÍGUEZ HERNÁNDEZ/INNOMBRABLE
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El ring está listo: en una esquina, Donald Trump, con su retórica de mano dura y aranceles del 25% a productos mexicanos; en la otra, Claudia Sheinbaum, defendiendo la soberanía nacional con una mezcla de cautela y firmeza.

Lo que comenzó como una amenaza electoral del republicano se ha convertido en un desafío económico y político que podría redefinir la relación entre México y Estados Unidos en los próximos años. Pero, ¿hacia dónde nos lleva este choque de titanes?

Hoy, Sheinbaum anunció en su conferencia matutina una respuesta contundente: medidas arancelarias y no arancelarias que se detallarán el próximo domingo en el Zócalo. No es una declaración de guerra comercial, insiste, sino un acto de defensa. Suena bélico pero es así.

“A México se le respeta”, dijo Sheinbaum Pardo, subrayando los avances en seguridad —50% menos fentanilo incautado en la frontera, 26 toneladas de cocaína decomisadas— como prueba de que las acusaciones de Trump carecen de sustento.

Sin embargo, el magnate no parece dispuesto a ceder: los aranceles entraron en vigor y, con ellos, la incertidumbre. Viendo lo que Trump ha hecho en la casa blanca ante el todavía presidente de Ucrania, sabemos de lo que es capas el gringo.

En el corto plazo, el impacto será asimétrico. Los consumidores estadounidenses sentirán el golpe primero: autos, aguacates y cervezas mexicanas subirán de precio, afectando a millones de hogares al otro lado de la frontera. México, en cambio, enfrentará una presión más estructural.

Me explico: si las empresas trasladan su producción a Estados Unidos para evadir las tarifas, como ya se especula en la industria automotriz, el país podría perder competitividad y empleos.

Moody’s estima una contracción económica de hasta 1% en 2025, pero si los aranceles persisten, analistas como Gabriela Siller -de esas vacas sagradas- advierten una recesión severa del 4%. El peso, rozando las 21 unidades por dólar, ya tiembla y así hay que decirlo.

Sheinbaum juega con varias cartas. Su “Plan A, B y C” —del que aún conocemos poco— sugiere una estrategia flexible: desde negociar con datos duros hasta imponer “aranceles espejo” que golpeen sectores clave para Trump, como el agrícola o incluso el energético.

La pausa de un mes lograda en febrero, a cambio de 10 mil guardias nacionales en la frontera, varios de ellos de la vigésimo tercera zona militar de Panotla Tlaxcala, demostró que el diálogo puede ganar tiempo.

Pero el reloj avanza, y marzo será un mes de prueba, otra vez: si México no entrega los “resultados espectaculares” que Trump exige en migración y narcotráfico, la tregua podría desvanecerse. Personalmente creo que el pretexto será el mismo y el resultado al final será exactamente igual.

A largo plazo, este enfrentamiento plantea una disyuntiva existencial. México podría doblar las manos, cediendo a las demandas de Washington —más militarización, más deportaciones— a costa de su soberanía.

O podría apostar por diversificar su economía, abriendo sectores como la energía a la inversión extranjera (algo que Sheinbaum ha rechazado hasta ahora) y fortaleciendo lazos con Asia o Europa.

La integración de Norteamérica, pilar del T-MEC, está en juego, pero también lo está la posibilidad de que México se reinvente fuera de la sombra estadounidense. Sin miedo al vecino que ya nos perdió el afecto.

Trump, por su parte, subestima el costo político y económico en casa. Sus aranceles no solo violarían el tratado comercial que él mismo negoció, sino que podrían desatar una inflación que su base electoral no perdonará.

Sheinbaum lo sabe y lo usa como arma: “No es con amenazas como se resuelve el fentanilo”, lanzó, recordándole a Washington su propia crisis de consumo.

El domingo, desde la plaza pública, Sheinbaum definirá su jugada. Será un momento de simbolismo y pragmatismo: un discurso nacionalista que apela al pueblo y una señal a Trump de que México no se arrodillará.

Pero más allá de la retórica, el futuro dependerá de la capacidad de ambos líderes para ceder sin perder la cara. Por ahora, el pulso sigue: un juego de poder donde la razón y la fuerza se miden en dólares, empleos y dignidad.