Todo es habitado por el frío. Iván Ferreiro, el gran, con voz desarticulada, fingida, reconocible como mareo, aparece derritiendo el frío, y luego el silencio, o quizá primero el silencio y luego el frío, no sé, pero el susurro de “El pensamiento circular” me inunda de su piel, por ser —la canción y ella—, constante, inacabable, permanente; es una de esas canciones que te rompen el día en dos. Cosas de genios. Son las palabras que tienen el poder de transformar el tiempo.
La repito atrapado en un balanceo, entrando y saliendo de dos lugares inhabitables. Como el doctor Manhattan. Ajeno a la realidad. Piso el frío sedimentado en las aceras. Me pido un paseo para desanudar los pensamientos. Pero siguen siendo. Hay tardes que todo parece mentira. Voy perdido en el magnetismo del pensamiento circular sin deshacer los nudos. Quisiera dejar el círculo y retomar lo lineal. Hay veces, no muchas y tampoco son pocas. Intento correr pero la espalda también está estancada como si fuera tal… hay días que ya no tienen melodías.
Luego, el día sigue avanzando pero para mí está estacionado. Mi mejor amigo cumple años. Se le suben unos cuantos. Ayer mismo éramos jóvenes, queríamos comernos las noches y los sueños de mañana con lo que queríamos ser. Hoy son muchos ayeres entrando y saliendo de dos lugares inhabitables. Recuerdo esto de los “Puentes de Madison”: los viejos sueños, fueron buenos sueños. Qué rápido ha sido todo. Comemos juntos; mejor dicho, soy un intruso porque como con ellos, con su familia, con sus hijas y su esposa, que son su vida completa. Yo estaba ayer, antes de ellas, cuando su felicidad de hoy era solamente un deseo. Ellas, ahora, son realidad para él y entre todos, son su todo, su absoluto y no hay nada más grande que eso. Me hacen creer.
Es mi mejor amigo pero no sé qué regalarle porque en realidad no lo conozco tanto. Un mejor amigo no es alguien que sabe todo de ti y opina de tu vida, o con aquel que tienes un match en todo. Es la persona que está, la que acompaña en todo con todo y porqué sí: es a quien puedes acudir cuando se va la luz sin tener que hablar precisamente de porqué se fue la luz; es la persona que cuando vuelve la luz, apaga las velas y sigue allí, viviendo a tu lado exactamente igual.
Solamente fueron algunos parpadeos y lo que era mañana se convirtió en noche. Todo sigue vestido por el frío. Por alargar el rato, iré a verle en un torneo de pádel. No entiendo mucho y estoy poco tiempo. Vuelvo al pensamiento circular, o quizá nunca me fui porque escucharla te rompe el día en dos. Luego, aparece, se hace ropa y carne y más noche. La melancolía se puede tocar en esa canción; se puede sentir lo inexistente, palpar lo que vive en tierra de nadie, en ese mundo intimísimo de estar abrazado a alguien sin estarlo, de pensarle atado a un mástil en el fuego de una hoguera irremontable. Agota intentar reponer el marcador. El remolino y ella vuelven a sonar o siguen sonando. Otra vez. Irremontable. Hay algo sobrenatural en tu manera de bailar. Hay veces, no muchas ni tampoco pocas, que pienso en ti. Una de las canciones de mi vida.



