El lamentable deceso del exgobernador Alfonso Sánchez Anaya, a los 85 años, no es solo el deceso de una figura local, es -ahora sí- el cierre de un capítulo que en Tlaxcala lleva más de dos décadas sin concluirse del todo: el de la primera alternancia democrática y, al mismo tiempo, el de la figura que intentó perpetuarse y evitó una renovación verdadera en la política local.
José Antonio Álvarez Lima lo resumió con precisión histórica. Sánchez Anaya fue “el protagonista de la primera alternancia democrática en el estado”. Un episodio que por cierto el propio Álvarez Lima impulsó y respetó, pese a los berrinches de Joaquin Cisneros Fernández
Anaya gobernó entre 1999 y 2005 después de romper con el Partido Revolucionario Institucional (PRI) y llegar por la vía del Partido de la Revolución Democrática (PRD) donde coincidió con el tabasqueño Andrés Manuel López Obrador. Esa decisión —congruente, según Álvarez Lima— abrió la puerta a que el poder dejara de ser patrimonio exclusivo de un solo partido.
Sin embargo su sexenio quedó manchado por figuras externas como la de Édgar Enrique Bayardo del Villar quien ocupó cargos clave en la (in)seguridad del estado: fue subprocurador de Investigación Especializada en Delincuencia Organizada en Tlaxcala entre 1999 y 2003.
Más tarde se revelaría que operó como enlace infiltrado del Cártel de Sinaloa —al servicio de Ismael “El Mayo” Zambada y Jesús “El Rey” Zambada— a cambio de importantes sumas de dinero. Detenido en 2008 por la PGR, aceptó colaborar como testigo protegido y fue ejecutado el 2 de diciembre de 2009 en una cafetería de la colonia Del Valle, en la Ciudad de México (CDMX).
Su figura ha aparecido en juicios estadounidenses relacionados con Genaro García Luna. La presencia de Bayardo en la estructura de seguridad de aquel gobierno introduce una sombra que complica el relato de control de la delincuencia.
Alfonso Sánchez García, presidente municipal con licencia de Tlaxcala, hijo del ex gobernador que encabezó la Confederación Nacional de Gobernadores (CONAGO) reforzó la imagen del padre como un hombre de izquierda, cercano a Andrés Manuel López Obrador, que hizo de la proximidad con la gente su método de gobierno. Eso se entiende de su texto emitido a través de sus redes.
Pero no solo hay posturas de politicos, en redes también circularon textos de colaboradores y seguidores con otra lectura, menos piadosa y más estructural. Ahí surgieron los recordatorios de los millones que se entregaron a las Organizaciones No Gubernamentales (ONG´s) y Asociaciones Civiles, a través de las que intentaba perpetuarse en el poder.
Una mayoría le reconocen logros concretos: la creación del FOMTLAX, la reubicación del zoológico del Altiplano y la modernización de la comunicación gubernamental con radio, gacetas, campañas y una difusión más agresiva de las ferias e informes de gobierno.
Sin embargo, señalan el costo posterior: la tentación de seguir viviendo del erario desde otras tribunas y la reproducción de dinastías familiares que, en lugar de renovar, generaron descontento. Lo siguen generando.
Así que las implicaciones para Tlaxcala son varias y de distinto orden: primero se cierra una generación de la izquierda local que protagonizó la transición. Sánchez Anaya pertenecía a esa camada que creyó que la alternancia no era solo un cambio de partido, sino un cambio de estilo. Ubaldo Lánder Corona, José Vicente Saiz Tejero, Joél Molina Ramírez y otros más formaron parte de esa camada, aunque desde distintas trincheras y colores.
Segundo: el peso de la dinastía se vuelve más visible. El hijo ocupa hoy la presidencia municipal de la capital -con licencia- y la muerte del padre lo convierte, de inmediato, en depositario emocional y político de ese capital que, dados los ultimos antecedentes, no dudarán en utilizar.
En un estado pequeño, donde las redes familiares y clientelares siguen siendo determinantes, el riesgo es que el duelo se traduzca en estrategia política para algunos y en una exigencia de lealtad hacia la figura del hijo, para los trabajadores, en lugar de una evaluación serena de su propio desempeño.
La crítica que ya circula es a que las dinastías contribuyen más al descontento que al desarrollo y ese ruido no desaparecerá con las condolencias. Al contrario: ahora se medirá con más rigor si la continuidad familiar es servicio, o reproducción de privilegios.
La alternancia de 1999 fue un logro democrático, sí, pero incompleto. Porque debió ser el inicio de una cultura política distinta, más meritocrática, menos familiar y más institucional. Nada de eso sucedió y todo se pervirtió para beneficio de la esposa, Maria del Carmen Ramírez García.
La muerte de Sánchez Anaya obliga a una conversación que la clase política tlaxcalteca suele evitar: ¿hasta qué punto el capital histórico de un gobernante puede y debe transmitirse a la siguiente generación?
Álvarez Lima habla de un “buen mexicano” y de un “mérito histórico”; el hijo habla de enseñanzas y de orgullo; las voces críticas hablan de terquedad dinástica. Entre esas tres lecturas se juega, en buena medida, la forma en que Tlaxcala procesará este deceso.
No se trata solo de llorar a un exgobernador. Se trata de decidir si su legado se usa para justificar continuidades o para exigir, por fin, una renovación que la primera alternancia prometió y que todavía no termina de llegar.


