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Martín Rodríguez Hernández Noticias TlaxcalaMartín Rodríguez Hernández Noticias Tlaxcala

Opinión

24 de abril del año de Navegante

Los abriles son así. El calor ebulle toda su ilusión y su casi poesía primaveral, luego, la esperanza con la que se proclama tras el frío, te la acaban robando (¿quién me ha robado el mes de abril?) y tras tanto espejismo resulta que la condición de los abriles es finita e inhabitable igual que le sucede a todos los meses. He allí mi constante reproche con abril. Los abriles están hechos de una trampa pastosa y la verdad es que no he vuelto a Aguascalientes desde entonces. Desde ese abril del año del toro de Navegante. Y no es porque tras ese abril del 2010, catalogue a todos los abriles así, pero coincidió que, para colmo de los abriles, en un abril, en ese abril, José Tomás se dejó la vida en las astas de Navegante. Aunque revivió —como Jon Snow en ‘Juego de Tronos’—, para volverse en el hombre que venció a su destino (dixit Zabala de la Serna).

Rafael Ortega, José Tomás y Octavio García “El Payo” con una de Garfias. Yo y otros 15.000 aficionados en la Monumental de Aguascalientes; por cierto, Joaquín Sabina a 7 filas mías con cámaras en todos sus costados (ahora entiendo que grababan ‘Sintiéndolo Mucho’ de Fernando León). Hay un viento de perro hambriento colándose en los chismes de torear y por ello no sucede mucho en las primeras faenas. Navegante fue un toro cárdeno con el destino entre sus pitones: en un cambiado de mano, tiró la cornada seca al triangulo de scarpa. Silencio de muerte entre tanta gente.

Como si ya lo estuvieran velando. Algunos llorando y otros rezando. He tenido mucha suerte en mi vida (no sé si sea aplicable para lo siguiente, pero…), la muestra es que gracias a un amigo periodista pude bajar al área de cuadrillas donde está la enfermería. ¿Tú has visto toda la sangre que hay por el piso en una carnicería o un matadero? Claro, nada equiparable porque esta sangre era la de un hombre volviéndose Dios por su propia resurrección; y claro que le faltaba sangre al cuerpo pues toda se hallaba haciendo patinar a los médicos que nunca habían tenido tanto miedo en su vida (¡cómo no! ¡se les estaba muriendo en sus manos José Tomás!). Las bocinas de la Feria de San Marcos voceaban por donantes de sangre pues para colmo, el maestro contiene en sus venas sangre tan rara como él. Un helicóptero vibraba los aires y sobrevolaba cabellos y sombreros esperando indicaciones para trasladarlo a un hospital. Fernando Ochoa, su amigo íntimo, detenía los caireles del torero más grande de todos los tiempos y el sacerdote le daba los santos oleos al que empezaba a abandonar todas las fuerzas de su ser como el cuerpo de Jesús en La Piedad de Miguel Ángel. El padre de José Tomás, con el teléfono móvil entre sus manos gritaba llorando y desesperado: ¡que José se nos muere, que José se nos muere!

Y es verdad que José Tomás murió esa tarde. Morir allí era su sino y lo venció; quizá sedujo también a Caronte o quizás estaba escrito que resucitaría al ocaso de ese 24 de abril. Fui un absoluto imprudente al asomarme a la enfermería. Pero… nunca nada me había impactado tanto; nunca había visto morir a nadie y mucho menos al hombre más grande que han visto mis ojos. He vivido muy poco en el mundo de los toros, pero podré contarles a mis nietos (o tal vez escribir un Evangelio) que yo vi la muerte y resurrección de José Tomás.

Los derechos de la fotografía pertenecen a José A. Ramos (Santana de Yepes); fotografía tomada de su X @santanadeyepes

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