Suelo escuchar el podcast Penitencia producido por Saskia Niño de Rivera. Refuto en algunas ocasiones con su metodología para entrevistar; dista mucho de las técnicas de un comunicador y se inclina más a su perfil de psicóloga. Aunque eso mismo produce la confianza en los presos para que abran sus historiales con la confianza de estarle contando su pasado a un amigo. Hace días tuve entre mí el episodio de Alejandro Cota Quiroz. Qué tipo más encantador; su elocuencia te engancha y te cose de principio a fin. Se le nota en la dicción los libros leídos. Resulta incluso hasta exquisito escuchar la manera de contarte las cosas. Su historia tiene una novela negra de Best Seller. Es Hannibal Lecter. Te manipula. Te seduce. Le crees. Si tuviera una candidatura y no conociera su pasado, yo le votaría. Qué peligroso.
Cota Quiroz: psicópata y narcisista de libro; parricida que mató a su madre y hermanos tras una infancia de violencia psicológica y sexual por parte de su padre alcohólico. Sus claros trastornos mentales no deberían arrastrarnos a la rápida etiqueta sino todo lo contrario (y acá la importancia del proyecto de Saskia Niño de Rivera), deben permitirnos ahondar en lo que existe por detrás del delito. Personas comunes y corrientes con la desgracia de una vida golpeada y que los arrastra en su inconsciente a hacer conductas antisociales. Creo que el deber de la recomposición social pasa por allí, por esa delgada línea, incluso sorpresiva, de entender que en las personas en conflicto con la ley existe la misma humanidad que en las personas “normales”. Quizá por eso la sanción y la pena en México no ha tenido ningún éxito. Todavía paladeo ‘Salvar el Fuego’ del gran Guillermo Arriaga, adictiva y un huracán servidor para dimensionar por los ojos de la ficción todo lo anterior: «Este país se divide en dos: los que tienen miedo y los que tienen rabia».

Todas las teorías se remiten a la niñez. Puro Freud. El común denominador de los episodios en Penitencia son claros: personas con familia disfuncional y crecidos a la vera del alcohol y las drogas, presas de la desigualdad social y con lejanía educativa, afectiva, comprensiva, cultural e incluso deportiva, y sobre todo, humanos con resentimientos no trabajados en contra de personas en momentos cruciales de su vida. ¿Cómo disminuiremos los niveles delictivos en México? Suena imposible, ¿no? Lo único cierto es que del delito somos responsables todos; toda la sociedad que resulta una caldera hirviendo y de la que únicamente las burbujas estallantes en la parte superior se alcanzan a ver. Pero hervimos todos. Nos quedará hacernos cargo de lo que somos meramente responsables. De prestar atención a nuestros hijos, de cultivarlos y comprenderlos; porque hay nada, hay solamente un descuido de convertirnos en lo que siempre hemos satanizado. Nos quedará huir a la playa en soledad —como ese final magnífico de ´Les quatre cents coups´ de Truffaut (filme casi ensayo para teorizar el delito)— y dudar, buscar redención y tratar de encontrar nuestro lugar en la sociedad.


