En el corazón de Tlaxcala capital, una batalla por el arraigo, la memoria y la autodeterminación comunitaria se ha librado en los patios y aulas de la primaria Emiliano Zapata. Nadie piensa moverse, al menos no los niños y padres afectados.
Lo que las autoridades estatales, a través de la Secretaría de Educación Pública del Estado (SEPE) y su titular Homero Meneses Hernández, presentaron como una decisión técnica e inalterable –la reubicación de la escuela a la Loma Xicohténcatl–, se topó con el muro sólido de una comunidad organizada.
Este conflicto, ampliamente cubierto por el gremio periodístico local sintetiza las tensiones profundas en la gestión pública tlaxcalteca: el choque entre un modelo de imposición vertical, revestido de discursos de progreso y seguridad, y la defensa férrea de los espacios comunitarios históricos.
La narrativa oficial, diseminada en perfiles afines al gobierno estatal, construyó un relato de necesidad imperante: instalaciones inseguras, prioridad en la salud de los menores y una moderna sede alterna como solución única y beneficiosa. Puras mentiras.
Se esgrimió un proceso de dos años de estudio para darle un aura de irrevocabilidad. Sin embargo, la cobertura crítica de medios independientes desnudó las fisuras de este relato y exhibió la trampa.
Una total opacidad en el proceso, una ausencia de consulta genuina y una subestimación de los vínculos afectivos y logísticos que atan a una escuela con su barrio. La Emiliano Zapata no es solo un edificio; es un referente identitario en el centro de la capital.
La respuesta de los padres de familia trascendió el descontento y se materializó en una resistencia contundente. Bloqueos y la retención temporal del propio secretario Meneses forzaron lo que la razón dialogante no había conseguido
llevar la autoridad al terreno de la comunidad, literalmente. Bajo la consigna “¡la escuela se queda!”, se logró un triunfo popular tangible, plasmado en acuerdos firmados que, al menos temporalmente, detuvieron la reubicación.
Este episodio revela un aprendizaje político fundamental en Tlaxcala: la presión organizada y masiva puede doblegar incluso las decisiones presentadas como “inalterables”.
No obstante, el verdadero carácter del conflicto se aprecia en lo sucedido después de la protesta. La crítica más aguda, que emerge de los reportes y la percepción social, apunta hacia la actitud instrumental del secretario Meneses.
Su acercamiento no fue percibido como un ejercicio de escucha auténtica, sino como una operación de “contención de daños” con un fuerte componente mediático. Él mismo se estaba grabando y transmitiendo en sus redes.
El anuncio de recorridos con prensa para el día de hoy, el enfoque en grabar contenidos (en plena reunión con los inconformes) y preparar narrativas, priorizó la construcción de una imagen institucional de apertura sobre la atención de fondo a las carencias históricas denunciadas
El deterioro infraestructural y la falta de mantenimiento que, irónicamente, son responsabilidad de las mismas autoridades que ahora alegaban inseguridad. ¿En estos dos años no podrían haber mejorado las condiciones?
Este patrón es revelador. Evidencia una gestión que, ante el fracaso de la imposición inicial, recurre a la persuasión mediática controlada, por eso el “en vivo” de Homero Meneses y sus coberturas aliadas fue tan conveniente para intentar revertir una victoria popular, apelando a una opinión pública exterior en lugar de atender las demandas concretas de la comunidad afectada.
Se cambia la táctica, no el fondo: se sustituye el decreto por el “show” de las redes sociales, manteniendo intacta la lógica vertical que subestima la participación real.
En concreto, el caso de la primaria Emiliano Zapata trasciende una simple disputa por un edificio escolar.
Es un microcosmos de la política tlaxcalteca, donde un pueblo organizado demostró su capacidad para frenar el autoritarismo disfrazado de tecnicismo. ¿Y si hiciéramos lo mismo en las elecciones?
La victoria, aunque parcial y sujeta a la vigilancia comunitaria, es significativa. Plantea una disyuntiva clara para la SEPE y el secretario Meneses: optar por fin por un diálogo auténtico, horizontal y corresponsable que atienda de raíz los problemas de infraestructura, o persistir en la imposición a través de nuevas estrategias de imagen, arriesgándose a un mayor descrédito y a la ampliación de la resistencia.
La Emiliano Zapata ha dejado una lección escrita en las calles: en Tlaxcala, la comunidad, cuando se organiza, define los límites del poder y esto aplica para una escuela pero también para la elección del 2027.
