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MARTÍN RODRÍGUEZ HERNÁNDEZ/INNOMBRABLE
MARTÍN RODRÍGUEZ HERNÁNDEZ/INNOMBRABLE

Innombrable

Producto milagro

La gente y los medios registran más presencia de la maquinaria que del candidato y más nombramientos de operadores que surgimiento espontáneo de simpatizantes. Esa es la realidad del “producto milagro” que tiene como única virtud haber aprendido a leer frente a los niños grandes.

Desde el corazón del aparato estatal de Tlaxcala se ha decretado una movilización forzosa, tan forzosa como la narrativa que pretende sostener la inevitable caída de un producto que compraron a sobre costo y del que nadie se quiere hacer responsable.

No es la llamada al servicio público, sino la conscripción burocrática al altar de un proyecto político en franca decadencia: el de Alfonso Sánchez García.

El síntoma más claro del pánico que recorre las altas esferas es la orden, disfrazada de “jornada extraordinaria”, que convierte a los trabajadores de confianza en una milicia electoral de tiempo completo.

Después de cumplir con sus funciones públicas (pagadas con el erario), estos burócratas deben cambiar la carpeta por la camiseta y salir a intentar vender en las calles lo que ni en cuatro largos años de preparación anticipada ha logrado cuajar: un candidato con peso propio, relevancia y conexión genuina con la ciudadanía.

Es el desgaste institucional como estrategia, la prueba de que la máquina, agotados sus recursos orgánicos, recurre al combustible de la coerción laboral.

Mientras tanto, en el ecosistema digital, se libra una batalla por la percepción. Las redes sociales, ese termómetro de la relevancia actual, se inundan de “líneas discursivas” prefabricadas, frases huechas y gráficos pulidos que buscan crear, mediante pura retórica, los logros que la realidad se niega a reflejar.

Es el “producto milagro” de la política: un candidato empaquetado, promocionado con la vehemencia del infomercial, pero que, llegada la hora de la verdad, no tiene botón de devolución. La factura, advierten con acierto, la pagaremos todos, y será estratosférica.

“No sirve para hablar”, “exceso de dinero público”, “alto en negativos”, son algunas de las etiquetas que deberían advertir los excesos del producto milagro que se quiere imponer en el anaquel político, para el consumo obligado.

Ante el fracaso estrepitoso de campañas anteriores como el forzado “Yo voy con…”, que nació muerto por su artificialidad, la estrategia ha descendido a un nivel casi primitivo: la pintura en bardas.

Municipio tras municipio, el mismo mensaje monocromático y repetitivo -que solo cambiará el nombre del territorio- busca martillar una sola idea en la mente colectiva: que Alfonso Sánchez García ha “logrado construir y cohesionar una candidatura”.

La insistencia en afirmarlo es, precisamente, la evidencia más contundente de su falsedad. Lo que se cohesiona con verdadero apoyo y liderazgo no necesita gritarse desde cada muro; se nota.

Revisando el panorama mediático local de Tlaxcala se confirma esta sensación de un proyecto a la deriva. Los medios registran más presencia de la maquinaria que del candidato, más anuncios de eventos que resonancia de los mismos, más nombramientos de operadores que surgimiento espontáneo de simpatizantes.

Es la crónica de una construcción que choca contra el muro de la indiferencia y el escepticismo ciudadano. ¿Quién compra humo en pleno 2026?

Lo que se observa no es el despegue de una candidatura con rumbo, sino el despliegue táctico de un aparato en modo supervivencia. Supervivencia y nada más.

Se intenta suplir con pintura, órdenes a burócratas y hashtags compulsivos la ausencia de un proyecto convincente y de una figura con auténtico arrastre.

Es el sueño de un “destape” que se convirtió en una pesadilla de desgaste: desgaste de los trabajadores, de las instituciones, de los recursos y, finalmente, de la paciencia de una ciudadanía que espera propuestas, no consignas vacías pintadas en bardas ajenas.

El costo de este experimento nos saldrá muy caro a todos, porque los productos chatarra no sirven, ni tiene algún beneficio, más que para quien lo vende.

El empresario detrás de la toxicidad que existe en una lata de coca cola es el mismo que hay detrás de Sanchez García. ¿Quién es verdadero promotor de Alfonso? Solamente quien desea deshacerse de un producto chatarra con el que ganará, aunque el producto carezca de valor real.

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