- Juan Antonio Hernández borda el toreo en el festival de Tlaxcala. Sobresaliente encierro de Piedras Negras.
Habían transcurrido la lidia de tres novillos con el sol picando las pieles. No había sombra por casi ningún tendido. La sombra, cubriendo todo, vendría después. Hubo en ‘La Ranchero’ un festival taurino escondido de los grandes reflectores, pero en aquel cárdeno que hizo cuarto, llegó Juan Antonio Hernández. Llegó suspendido en el hilo de la inspiración, palpando con las yemas de sus dedos, todos los sueños desorbitados con los que siempre soñó y ha soñado —desde novillero, hasta el día de hoy convertido en un periodista de talla internacional—; aquella embestida soñada, y esos brotes tan súbitos de inspiración en su cuerpo, fueron para él como un premio de la Providencia por su incansable afición. Todo se conjuntó. Como en los días que surge el milagro del toreo. Allí anduvo el hombre, más torero que nunca, para formarle un lio al piedrenegrino que nunca olvidará y con el que siempre intentará reencontrarse. Allí anduvo el hombre, por el bulevar de los sueños rotos (dixit Sabina), entendiendo que vale la pena toda una vida dedicada al toro bravo solamente por esos escasos minutos retribuibles donde la existencia cobra sentido: se dejó el corazón reconstruyendo con sus avíos todo lo que tiene el toreo de sueño y de sueños.

Sorteó al más terciado de Piedras Negras (fueron tan dispares, como interesantes). Dibujó verónicas a la par de sus sentimientos, quienes desde ese momento no dejaron de emanar hasta las lágrimas, cuando roto y extasiado, después de todo, abrazó al mítico Pavón —destinatario de su brindis–. Cogió la muleta con la solera del que se ha cansado de ver a Paula. No llovía, pero parecía. Ahora ya no lo recuerdo bien, pero confieso haber disfrutado como desde hace mucho no lo hacía en una plaza de toros. Las buenas embestidas del cárdeno claro, se reducían en los vuelos de la muleta. Cada vez más lento. Al torero le costaban los primeros trazos, pero luego, se olvidaba de todo; voló tan natural en sus muletazos que la gente daba brincos de sus asientos. Luego vino esa tanda de naturales, con el embroque armado: gracia toreadora bendita y canela en rama.
No sé si era de indulto y no me importa. Cuando uno siente, lo demás resulta menor.
(Antes).
Jerónimo abrió plaza con el más desabrido. Le limpió las embestidas y desentonó mucho con la espada. Toda la lidia la hizo con el pitón partido por culpa de los subalternos. La cátedra de José Luis Angelino fue para conocedores. El novillo sacó el apellido de Piedras Negras; un animal costoso pero que siempre mantuvo el interés en todo momento; aunque ya dolido por el poder de la muleta, se terminara rajando. Su embestida fue recta, tobillera y calando siempre el valor del torero. La estocada al encuentro y contraria tuvo efectos fulminantes. La oreja supo a poco: a los jueces de Tlaxcala, poco o nada se les puede pedir.
Saúl Acevedo, el otro aficionado práctico acartelado, sorprendió por su valor y serenas maneras. Se llevó el más. No solamente de peso, también de edad. Un torete. El recibo (tafallera cambiada por la espalda) fue una declaración de intenciones. Se puso dos veces de largo al caballo y el varilarguero hizo las delicias de los aficionados buenos. El quite de gaoneras, tan quieto y con tanto gusto, puso el ejemplo a muchos que andan por allí de “profesionales”. Un gran torete. Un arquetipo por sus hechuras, nobleza y bravura. Con la muleta le costó entender los matices de un toro de vacas, pero siempre anduvo muy quieto y dispuesto; al final de la faena se centró más en vender el indulto que en disfrutar.
El aficionado práctico cabildeó el indulto con el ganadero, y ambos, imperativos, se impusieron a la tenue autoridad del Juez de Plaza haciéndolo ver como un muñeco de trapo. El problema de no saber de toros ni de interpretación de normas. (Y ojo, que el toro era de vacas). Eso sí, el mangoneo se lo pudo evitar. Saul Acevedo, se metió a la tronera a escuchar los tres avisos y el indulto cabildeado, se consumó.
TLAXCALA, MÉXICO.
Plaza de Toros “Jorge El Ranchero Aguilar”. Festival taurino. Media plaza.
16 de marzo de 2024 a las 13:00; tarde muy calurosa.
4 NOVILLOS DE PIEDRAS NEGRAS disparejos en su presentación, con comportamiento que siempre mantuvo el interés, sobresaliendo el 3° y 4°. El 1°, soso y deslucido (silencio); 2°, importante por su transmisión y complicado en su embestida, se terminó rajando (palmas); 3°, de buenas hechuras y edad visible, excelso en su clase y bondad mismo que regresó vivo a los corrales al escuchar tres avisos (palmas); 4°, con clase recorrido y humillación; fue indultado (palmas).
Jerónimo; (a la usanza charra), cinco pinchazos hondos (silencio).
José Luis Angelino; (de civil), estocada entera y contraria (oreja).
Saúl Acevedo; (a la usanza charra), sin entrar a matar escuchó tres avisos (vuelta).
Juan Antonio Hernández; (de traje corto andaluz), tras indulto (orejas y rabo simbólicos).
INCIDENCIAS:
- El utrero ‘Brillante’ lidiado en 4° lugar, fue indultado.
- Saúl Acevedo, por decisión personal, decidió no matar al animal que sorteó. El indulto improvisado fue por decisión de los profesionales, contraviniendo la autoridad del Juez de Plaza, misma que como ya es costumbre, es de carácter ornamental. Al momento de la presente publicación se desconoce los alcances administrativos por la actitud del aficionado práctico, según los términos del 92°, 93°, 95°, 101°, 102° y 104° del Reglamento Taurino vigente para el Estado.
- Al negarse a matar el tercero de la tarde, el juez debió ordenar al primer espada darle muerte según el artículo 80° del Reglamento Taurino vigente para el Estado. Otra gran muestra del desconocimiento de la “autoridad”.
- Sobresalió en la suerte de varas Cesar Morales con el tercero de la tarde.
- Al final del festejo, Juan Antonio Hernández y el ganadero Marco Antonio González salieron a hombros.

