México ilusionó, pero la historia volvió a repetirse

NÉSTOR
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El silbatazo final frente a Inglaterra dejó dos sentimientos encontrados: el orgullo por una Selección Mexicana que volvió a competir con dignidad y la frustración de comprobar que, una vez más, el futbol mexicano se quedó a un paso de romper la barrera que durante décadas lo ha perseguido.

Cinco partidos, cuatro victorias y una defensa que mantuvo el arco invicto durante los primeros cuatro encuentros no son cifras menores. México construyó una de sus mejores actuaciones mundialistas de los últimos tiempos y demostró que, cuando existe un proyecto serio y un equipo comprometido, puede competir frente a cualquiera.

Pero el futbol no vive de las buenas sensaciones ni de los “casi”. Vive de resultados. Y el resultado dice que el Tricolor volvió a despedirse antes de instalarse entre las ocho mejores selecciones del mundo.

Sería injusto responsabilizar a un solo jugador. Luis Ángel “Tala” Rangel firmó un Mundial extraordinario y se consolidó como una de las grandes figuras del torneo para México. Gilberto Mora confirmó que el presente y el futuro del futbol nacional pueden descansar en sus pies, jugando con una personalidad impropia de su juventud. Julián Quiñones fue un atacante incansable, Roberto “Piojo” Alvarado aportó desequilibrio y sacrificio, mientras que Romo brindó orden y equilibrio en el mediocampo.

Lo más rescatable fue que el equipo jugó como un verdadero conjunto. Hubo solidaridad, presión, disciplina táctica y un entendimiento que pocas veces se había visto en una Selección Mexicana. Se terminó la dependencia de individualidades y apareció una idea colectiva.

Sin embargo, también sería un error convertir esta eliminación en un motivo de celebración. En México existe una peligrosa costumbre: conformarse cuando el esfuerzo es evidente, aunque el objetivo siga sin alcanzarse. Se aplaude la entrega, se presume la competitividad y se habla de un futuro prometedor, mientras el quinto partido continúa siendo una deuda histórica.

La derrota 3-2 ante Inglaterra mostró precisamente lo que aún falta. Cuando el rival aceleró y exigió máxima concentración, México dejó escapar detalles que en este nivel cuestan eliminaciones. Ahí está la diferencia entre las selecciones que ilusionan y las que hacen historia.

Hoy la Federación Mexicana de Futbol tiene una decisión que marcará el futuro: caer en la tentación de empezar de cero, como tantas veces ha ocurrido, o respaldar un proceso que, por primera vez en mucho tiempo, mostró identidad, funcionamiento y un grupo convencido de su idea futbolística.

Este Mundial no fue un fracaso, pero tampoco debe maquillarse como un éxito rotundo. Fue un avance importante que obliga a ser más exigentes. Si México realmente quiere competir entre las potencias, debe dejar de celebrar las derrotas dignas y comenzar a construir victorias históricas.

La afición ya cumplió creyendo otra vez. Ahora le toca a los dirigentes demostrar que aprendieron la lección: el verdadero triunfo no será haber ilusionado al país durante cinco partidos, sino convertir esa ilusión en una costumbre de trascender.