Por: Yazzir Zárate Méndez
El lenguaje es uno de nuestros rasgos distintivos. Gracias a él tenemos capacidades como la introspección, la retrospección, la prospección y la comunicación. Nos permite lidiar con el presente perpetuo, rememorar el pasado y vislumbrar el nebuloso futuro, a través de actos de habla.
Por el momento, aparquemos la reflexión sobre sus orígenes y evolución. ¿El lenguaje es un producto secundario del crecimiento de nuestro cerebro? ¿Es el resultado de una necesaria interacción social que permitió la sobrevivencia de nuestros remotos antepasados? ¿Ya estuvo presente en otras especies humanas? ¿Cuáles condiciones biológicas permitieron su emergencia?
Lo cierto es que desde que cruzamos el umbral de la conciencia, el lenguaje está allí, materializado como un sistema finito de sonidos discretos doblemente articulados, que permite una infinita combinación de sintagmas, a partir de una gramática, esto es, una serie de reglas, que da pie a innumerables sentidos y significados.
Con el desarrollo de los distintos sistemas de escritura, nuestra especie dio forma a la historia. El pasado se materializó y dejó de ser patrimonio de la tradición oral, pero también se convirtió en un campo de batalla: los registros documentales no necesariamente retratan la verdad.
Pensemos, por ejemplo, en los relieves que ensalzan el triunfo del faraón Ramsés III sobre los pueblos del mar, allá por el siglo XII antes de la era común. Se trata de uno de los primeros ejemplos de propaganda belicista: más te vale no meterte con el faraón, y menos si se llama Ramsés III.
El lenguaje, expresado en jeroglíficos, es decir, en escritura, se volvió un instrumento del poder, entendido como la capacidad de imponer, de modo absoluto, la voluntad propia a los demás, como lo define el especialista en geopolítica Pedro Baños. Pero el poder es solo un peldaño de una pirámide cuya cima es coronada por el placer.
¿Quién puede negar la agradable sensación de haber impuesto su voluntad a las de otros? Greimas nos habla del eje del deseo para entender la búsqueda, la motivación y la trayectoria de un actante por alcanzar una meta o valor (objeto), constituyendo el motor de la acción en la narración.
(Recordemos que, en términos biológicos, el placer nos recompensa con una sensación de bienestar. Sin embargo, la búsqueda de gratificación constante puede llevar a un ciclo de necesidades insaciables. En esa coyuntura se enlaza con el poder, y desde allí se extiende hacia otros aspectos de las relaciones humanas).
Vayamos de regreso a la relación entre el lenguaje y el poder. Ralph Holloway, un neurólogo de la Universidad de Columbia, ha postulado que el lenguaje partió de “una matriz cognitiva social y de comportamiento que era básicamente colaborativa más que agresiva”. La explicación de Holloway destaca la condición gregaria de nuestra especie, que ha dependido del esfuerzo colectivo para sobrevivir.
¿Cuál podría ser el origen de esa “matriz cognitiva social”? El primatólogo del University College de Londres, Robin Dunbar, estima que pudo tratarse de un “gruñido vocal”, que habría evolucionado a partir de una “presión selectiva”, que acabó imponiéndose a otros rasgos.
Dunbar reconoce que gracias al lenguaje “puedes hablar con varias personas a la vez y puedes hablar mientras viajas, mientras comes o mientras trabajas los campos”. Y como resultado, “el lenguaje evolucionó para integrar a un número mayor de individuos dentro de los grupos sociales”.
Ese carácter comunitario se ha ido erosionando a medida que aumentó el tamaño de los colectivos, en favor de una figura rectora, que fue imponiendo su voluntad por diferentes vías. En ese camino, se sirvió del lenguaje a través de la estructuración de relatos que justificaron la asunción del poder. La transformación de las estructuras sociales humanas tiene una carrera parejera con narrativas que cimentan esos cambios. Cada acto humano pasa por el tamiz del lenguaje.
Lo que hizo Ramsés III hace casi 3,500 años sigue practicándose en la actualidad: el relato construye la “verdad”. Así, se puede reescribir la historia una y otra vez (como lo demuestra Orwell y lo ratifica nuestra actualidad). Así, se puede negar el Holocausto y, al mismo tiempo, propiciar uno nuevo, con un mismo personaje en ambos casos. Paradojas de la naturaleza humana.
Por otra parte, las actuales condiciones tecnológicas, que posibilitan una alta sincronía entre grandes masas poblacionales, han reafirmado al lenguaje como el principal instrumento de poder (no olvidemos la sencilla pero eficaz definición de Pedro Baños). Veamos un ejemplo de esta semana.
El lunes, a las 6.49 de la mañana hora de Nueva York, 16 minutos antes del anuncio de Donald Trump de que no atacaría las instalaciones eléctricas iraníes, se firmaron contratos de futuros (una complejísima estrategia de inversión) sobre petróleo. En dos minutos se acordaron transacciones por seis millones de barriles (el promedio habitual para ese lapso de dos minutos es de 700,000 mil barriles). A las 7.05, Trump publicó en su red social que finalmente no atacaría la infraestructura de Irán (los inversores ya han acuñado un acrónimo para referirse a estas baladronadas trumpescas: TACO (Trump Always Chickens Out, Trump siempre se acobarda).
Pero en este caso, algunos se forraron con millones de dólares gracias a la felonía de Trump, porque apostaron a que el precio del crudo bajaría… y acertaron (así, con cursivas), llevándose una alucinante cantidad de plata. La anomalía fue detectada por el Financial Times, que de inmediato preguntó a la Casa Blanca si se había dado una filtración de información. Por supuesto, la gente de Trump negó la especie y rechazó que alguien del entorno presidencial (¿o él mismo?) se hubiera beneficiado, aunque hasta el momento no se sabe quién o quiénes efectuaron esas apuestas.
Una situación similar se dio durante la imposición de aranceles. Y hay una más. El diario El País recogió situaciones ocurridas en el mercado de predicciones Polymarket, donde —como consigna el periódico español—, uno puede hacer apuestas sobre cualquier tipo de suceso: “desde partidos de fútbol hasta el regreso de Jesucristo”. En esa plataforma, aparecieron algunas cuentas que apostaron a que Estados Unidos atacaría a Irán, y también acertaron y se forraron; otro usuario, también momentáneo, postó por la captura de Maduro, y le atinó, llevándose 400 mil dólares. ¿Coincidencia o información privilegiada obtenida a trasmano? Conociendo a estos bribones…
Así, se ratifica la correlación entre la capacidad perlocutiva del lenguaje y el ejercicio del poder, en este caso, vinculado con dos de los aspectos que han primado entre las sociedades humanas desde que se volvieron sedentarias: la guerra y la economía.
Para concluir, vale la pena citar el fragmento número D53 de Heráclito: “La guerra es padre y rey de todo”.
Con información de: La Jornada de Oriente Tlaxcala

