NÉSTOR
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La crisis que hoy sacude a la Universidad Tecnológica de Tlaxcala no es producto de la casualidad ni de un conflicto aislado. Es el resultado de años en los que la política desplazó a la academia, y donde los intereses personales terminaron por imponerse sobre la educación pública.

Las denuncias contra el rector Lenin Calva Pérez reflejan un hartazgo acumulado entre docentes, trabajadores y estudiantes, quienes acusan abandono institucional, malos manejos administrativos, hostigamiento laboral, deterioro académico y una preocupante falta de liderazgo. En los últimos días, las protestas escalaron hasta la toma de instalaciones y la exigencia abierta de su salida.

Lo más grave no son únicamente las acusaciones actuales, sino el patrón político que muchos observan detrás de su trayectoria. Lenin Calva ha logrado mantenerse vigente en distintos gobiernos y bajo diferentes colores partidistas, acomodándose siempre en espacios de poder. Esa habilidad para sobrevivir políticamente quizá le ha permitido mantenerse en la estructura pública, pero hoy la factura la paga una institución educativa que debería estar enfocada en formar profesionistas, no en servir como plataforma de grupos políticos.

Mientras en otras universidades tecnológicas del país se fortalecen programas, laboratorios y vínculos con el sector productivo, en Tlaxcala la conversación gira en torno a conflictos internos, protestas sindicales, señalamientos de privilegios y acusaciones de abandono. Trabajadores y alumnos denuncian laboratorios obsoletos, carencias académicas y un ambiente laboral cada vez más deteriorado.

Las manifestaciones recientes también evidencian algo todavía más delicado: la pérdida de confianza de la propia comunidad universitaria. Cuando estudiantes, docentes y personal administrativo coinciden en que una institución va en declive, el problema deja de ser político y se convierte en una emergencia educativa.

No se puede normalizar que una universidad pública viva permanentemente entre paros, conflictos y acusaciones. Tampoco puede minimizarse que existan señalamientos recurrentes desde hace meses sobre ausentismo, incumplimientos y crisis de liderazgo.

La Universidad Tecnológica de Tlaxcala necesita recuperar su esencia: ser un espacio de formación, innovación y oportunidades para miles de jóvenes tlaxcaltecas. Pero eso difícilmente ocurrirá mientras el poder político siga pesando más que la capacidad académica y administrativa.

Hoy la pregunta no es solamente si Lenin Calva Pérez debe continuar o no al frente de la institución. La verdadera pregunta es cuánto daño más puede soportar la universidad antes de que el deterioro sea irreversible.

Porque cuando la política convierte a las universidades en botín, quienes terminan perdiendo siempre son los estudiantes.