Durante los últimos cincuenta años, Tlaxcala ha perfeccionado un arte político singular: la simulación del cambio. Mientras en las boletas electorales se han sucedido las siglas del PRI, PRD, PAN y hoy Morena, en las mesas donde verdaderamente se reparte el poder los apellidos siguen siendo empecinadamente los mismos. Una oligarquía endogámica, articulada por lazos de sangre, compadrazgos y herencias, ha transformado la gubernatura en una cartera familiar donde la voluntad popular no ha sido más que un trámite de convalidación.
La génesis de este modelo moderno se remonta a 1974, cuando Emilio Sánchez Piedras llegó a la gubernatura por designación directa del centro. A partir de ese hito, la vida pública del estado se convirtió en un árbol genealógico: Tulio Hernández, Beatriz Paredes, Alfonso Sánchez Anaya, Mariano González Zarur, Marco Antonio Mena y la actual mandataria, Lorena Cuéllar Cisneros. Todos emparentados por linaje, padrinazgos o alianzas de grupo. Cuando el partido hegemónico les cerraba el paso, la elite simplemente mutaba de camiseta política para conservar el control del aparato estatal. El votante creía castigar al régimen, pero solo reacomodaba a sus mismos actores.
Lo inquietante es que el cambio de siglo y la autodenominada “cuarta transformación” pretenden no alteraron esta inercia. De cara a la sucesión de 2027, la política tlaxcalteca amenaza con repetir el libreto: resulta significativo que el mismo bloque de siempre —Beatriz Paredes, Héctor Ortiz, Marco Mena y, hasta su reciente fallecimiento, el propio Sánchez Anaya— se haya reagrupado alrededor de la gobernadora Lorena Cuéllar, unidos en un peculiar comité de “notables”, buscan seguir administrando la democracia local decidiendo puertas adentro quién hereda el poder, ahora con membrete de Morena.
El propio proceso interno de Morena ya exhibe los síntomas clásicos de la vieja disputa tlaxcalteca: encuestas contradictorias, eventos masivos paralelos, acusaciones cruzadas de “guerra de números”. Entre los rivales más visibles, Ana Lilia Rivera gente ligada al pueblo y al movimiento de la cuarta transformación y el alcalde con licencia Alfonso Sánchez García, otra vez el hijo de un exgobernador. La ironía es perfecta: dentro del mismo partido conviven hoy el linaje que se resiste a desaparecer y la figura que amenaza con desplazarlo.
La irrupción en este tablero político de una variable no calculada: Ana Lilia Rivera Rivera.
La inminente designación de la senadora con licencia como coordinadora de los comités de defensa de la cuarta transformación en Tlaxcala representa algo que las familias dominantes no han enfrentado en medio siglo: una candidatura con capital propio, formada en las bases comunitarias, el activismo campesino y la izquierda social, sin deudas de origen con la aristocracia local. Al haber construido un perfil de alcance nacional llegando a presidir la Mesa Directiva del Senado, Rivera rompe el principio de subordinación ante los cacicazgos tradicionales.
Para la elite gobernante, Rivera no es una rival más con la cual sentarse a negociar cuotas o cargos; es un riesgo sistémico. Un eventual gobierno encabezado por un perfil de base amenaza con desmantelar los tres pilares de la oligarquía tlaxcalteca:
El fin del patronazgo: Cierra la puerta al reparto de notarías, secretarías y direcciones como botín para mantener la cohesión de grupo.
La pérdida del veto: Desplaza la agenda de desarrollo patrimonialista hacia prioridades de soberanía alimentaria y derechos comunitarios.
La ruptura de la impunidad: Pone fin a los pactos no escritos de no agresión y no revisión de cuentas al término de cada sexenio.
Tlaxcala se encamina a un punto de inflexión. La irrupción de Ana Lilia Rivera no plantea una simple alternancia de nombres, sino la posibilidad de desmantelar, por primera vez en cincuenta años, la lógica de cúpula que ha decidido el destino del estado.
Es cuestión de tiempo para ver como el sistema de notables por imponer nuevamente su dominio colapsa, y que las bases populares logren, al fin, arrebatar la decisión del salón de los espejos para llevarla a la calle.



