•“Fire of love” es un cautivante tratado sobre el amor filmado a tiempo real por dos vulcanólogos franceses: Katia y Maurice Krafft.
El amor es como despertar y que fuera haya pájaros trinando. Y (querer) escucharlos. Porque el amor es, sobre todo, eso, una decisión. Hace poco hice mañana en un lugar fuera de casa y abrí los ojos únicamente por la incesante música de pájaros madrugadores; era un trino aguerrido, agudo e inclusive, razonado; pensé en lo bonito que sería despertar siempre así. Pasaron los días y al volver a casa, despertándome a las cuatro treinta para ir a correr, me percaté de una melodía similar en mi habitación; y allí ha seguido trinando, porque no fue solamente esa mañana, sino un constante día con día y lo más seguro es que siempre haya estado ahí y quizá simplemente no había querido escuchar a los pájaros trinando de mi ventana.
“Fire of love” (98% en Rotten Tomatoes y disponible en Disney) es un documental fascinante por su poder visual y narrativo perfectamente construido por Sara Dosa; este descomunal trabajo, sigue la vida de dos vulcanólogos franceses, Katia y Maurice Krafft, quienes desde la universidad han decidido amarse y compartir el sino de sus existencias: “no podría vivir con alguien que no compartiese esta pasión en la cumbre de un volcán”, escribió Katia en sus diarios.
En primer lugar, se puede entender al filme como un homenaje al valor de la vocación humana, pero es sobre todo un constante enaltecer al poder del trabajo previamente decidido en un matrimonio sin perder la singularidad de cada uno.
Son increíbles todos y cada uno de los planos filmados por los propios Krafft; tienen el poder de un estupefaciente que te aleja de la realidad y te sumerge a la más bella ensoñación; parecen inclusive tomas de otro mundo, como si John Alcott las hubiera dirigido para “2001: Odisea en el espacio” o como si hubieran sido imaginadas y escritas por Arthur C. Clarke.
No me sorprendería asegurar que no existen ni existirán imágenes sobre la naturaleza de los volcanes de tal magnitud. ¡Cómo conmueve la belleza! Y como intimida el sonido de la lava crujiendo mientras ellos están desmesuradamente cerca, próximos a la muerte o a la vida sintiéndose vivos en el peligro, como si estuvieran locos por ellos mismos o por el amor que les contamina la claridad de la mente y los abrasa hasta las cenizas para volverlos y hacerlos uno mismo con los volcanes.
Hace unos meses conocí los vestigios de Pompeya y fue macabro imaginar los últimos instantes de personas condenadas a la ira de la sangre manada de la tierra; pero hubo también un hilo esperanzador al saber el abrazo protector ante el inminente final de la madre a sus hijos (como se ve en el Jardín de los Fugitivos).
Los últimos momentos de Katia y Maurice fueron apurados por la erupción del Monte Uzen en Japón en el año 1991. «Cerca del lugar de la oleada, las marcas en la tierra indicaban que Katia y Maurice estaban uno al lado del otro. Se recuperaron dos objetos, una cámara y un reloj con sus manecillas detenidas para siempre a las cuatro dieciocho pm».
El tiempo se les detuvo por siempre, abrasados en lava y abrazados en ellos, decididos en la voluntad de entrega diaria de pájaros trinándoles todas las mañanas, tal como lo hicieron desde que se vieron a los ojos, desde que escalaron por primera vez un volcán, para entregarse una y otra vez al fuego abrasante de la erupción del amor.




