Jesús Sosa: ballet, toros y lágrimas. Oreja en su debut novilleril en la Plaza México.

Eduardo Lozano entrevista a Jesús Sosa en el estudio de Martín Rodríguez Hernández.
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En México los novilleros son seres en extinción. Y no por falta de afición, sino por un sistema podrido que los asfixia.

Los hay buenos, los hay malos y los hay medianamente preparados; no existe un novillero preparado mexicano a menos que radique en España o tenga una cartera gorda o un apellido rimbombante.

Por eso, un joven con diecinueve años debe convertirse en hombre en veinte minutos y cambiar su vida.

No importa que estés en La México sin la preparación adecuada (llegar al coso de Insurgentes con 20 novilladas hace 10 años era un acto tan descabellado como suicida); no importa la corrida vendida por novillada (la misma a la que le rehúyen los matadores del escalafón en provincia y la misma de la que se cansan de decir que no hay toros en el campo); no importa llevar meses sin calzarte el vestido de torear y no importa que no te quede un sueldo ni para pagar el camión de regreso a Apizaco.

No importa nada. Hay que salir y triunfar. Y agradar a esos mismos que valientemente les arrean a los novilleros en la peor crisis de novilladas de la historia de la tauromaquia.

Jesús Sosa, nacido en Apizaco hace diecinueve años, lo sabía. Mordía lo ingrato de su sueño y por eso se le asomó una lágrima en el túnel de su vida; ese mismo que taladra de lado a lado la plaza de toros más grande del mundo y que asoma en su frontera la luz de la esperanza.

Porque allí a la vera de aquella luz se dibuja el albero de los sueños: todo lo vivido vale la pena por verlo, por sentirlo. JS volvió a sentir ya vestido de torear el fondo que tocó pues oportunidades y apoderados antes del 14 de julio había tenido.

Las oportunidades se la habían pasado por los ojos por el uso de la espada. Conocía el 14 de julio como el día definitivo en su carrera. O triunfaba o pa´ casa.

Jesús Sosa en el estudio de Martín Rodríguez Hernández.

La novillada se movió y exigió mucho; me lo comenta con las manos tímidas. Viste un traje entallado y un suéter de cuello alto para cubrir el fresco de la lluvia en la capital de Tlaxcala.

Zapatos recién lustrados. Espigado, mirada seria y profunda para su edad. Parece torero. El ganado de Fernando Lomelí tuvo opciones para triunfar pero también pidió experiencia.

Y la terna no contaba con ella en su totalidad. Pero cuando sé es novillero hay que suplir todas las carencias con valor y ganas. Por eso cualquier paseante en el centro le ve cojear.

Tres volteretas de miedo las cuales me explica detalladamente con sincera memoria. Me faltaron muchas cosas, reconoce, pero sin duda, la oreja cortada en la Plaza México lo impulsan como el único novillero tlaxcalteca con mayor proyección. Hace ya muchos años que no sale uno así.

La estructuración de la temporada chica pensada por la empresa corta el avance y el ambiente de los triunfadores. Se le verá seguramente en los festejos finales donde se cuelguen los osados a resaltar entre toda la novillería de los seis festejos faltantes.

Mientras, seguirá entrenando con su preparador físico y apoderados, fortaleciendo el corazón porque para él, eso es lo más importante para ser torero: tener el corazón lleno y capacitado para cuando haga falta volcárselo al toro.

Torea de salón en la Ranchero Aguilar en las mañanas y en las tardes. Entre tiempos, trabaja para pagar a su preparador físico y abonar a sus gastos. Su familia siempre le ha apoyado.

Benditos padres, hermanos, abuelos y tíos, que siguen con entusiasmo al abismo o al fin del mundo con tal de verle feliz. Se le humedecen los ojos al reconocer que el triunfo también es parte de ellos.

Esperará su siguiente fecha segura (Morelia) y suspirará por La México —el albero de los sueños— entre sus clases de baile y de ballet; porque no quiere sentirse tieso delante de los animales.

Dice José Miguel Arroyo que un torero bueno debe tener la mitad de capacidad combativa (incluso suicida) de un Samurai y la otra mitad debe contener la sensibilidad de un artista.

Seguramente, por eso, además de arrimarse a lo “no hay mañana” y fortalecer el corazón, JS vaya a clases de ballet y de baile. Quizá solamente quiere fluir.

Soltarse y desahogarse y contarle todos sus sentimientos a un animal dispuesto a hacerle daño. Por eso quiere jugarse la vida en pos de un sueño; pero con ligereza y sin pesadumbres. Disfrutando. Sintiendo. Como si estuviera bailando.