De ritual ancestral al consumo global

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  • La celebración del Día de Muertos en la capital del país consolidó su transición de rito comunitario a motor económico global.

Para la temporada 2026, la Ciudad de México proyecta una derrama de 12,000 millones de pesos derivada de más de 5,000 actividades culturales, marchas y desfiles masivos que se prolongan por casi un mes, de acuerdo con datos del sector turístico y gubernamental.

Esta bonanza financiera coincide con la realización de eventos internacionales de gran calado, como el Gran Premio de la Fórmula 1, cuya oferta conjunta con la festividad genera ingresos calculados en hasta 21,000 millones de pesos para la metrópoli.

La reconfiguración del festejo incluye una oferta turística de alto nivel en la que agencias y plataformas ofrecen paquetes desde los 1,000 pesos —por talleres de pan de muerto o paseos nocturnos en trajinera— hasta los 10,000 pesos por recorridos privados a cementerios de zonas cercanas.

El catálogo de eventos en avenidas emblemáticas como Paseo de la Reforma responde directamente al impacto del cine y la cultura pop internacional. El Gran Desfile de Día de Muertos, instaurado en 2015 a raíz de la filmación de la película 007: Spectre, se convirtió en una constante del calendario oficial.

A esta dinámica se suma el consumo derivado de producciones como Coco de Disney, que atrae a miles de visitantes extranjeros a las procesiones y verbenas populares.

Si bien la masificación impulsó la figura de la Catrina frente a festividades ajenas como el Halloween, también desplazó elementos tradicionales del culto a los difuntos. La preparación comunitaria de ofrendas y el recogimiento familiar han cedido terreno ante la espectacularización del espacio público.

A pesar de las críticas por la comercialización y el desigual impacto económico en los barrios locales, la flexibilidad estructural de la tradición ha evitado su extinción, manteniendo como núcleo la memoria colectiva y el vínculo nuestros antepasados.