José Oriol, el sacerdote inconforme

José Oriol, el sacerdote inconforme
José Oriol, el sacerdote inconforme
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  • Entrevista con el sacerdote escolapio José Oriol Sala Sarná; el catalán resulta ser un hombre elemental para la fundación de la educación pía en Tlaxcala.
Cuando la guerra estalló, le encontró en el lugar donde había nacido: Cabrera del Mar, nadando entre los pastos de la finca familiar y segando con los ojos los azules del mar Mediterráneo, lejano a veintisiete kilómetros de Barcelona donde burbujeaba la querella entre la resistencia franquista y los contras revolucionarios. «Recuerdo la guerra como un momento feliz de mi vida (ríe y me mira) pero fue feliz porque no me enteré». En esos días estuvo sin saber nada de la lucha que definiría la historia moderna de su país, caminando bajo el cuidado de su tía abuela, su hermana —que en estos momentos está muriendo— y su hermano mayor Francisco. «Eran días felices en un remanso de paz, nunca hubo nadie más que nosotros… nos teníamos», me dice y sus ojos con noventa y seis años brillan, recuerdan lo que miraban sus ojos con diez y me dictan letra por letra la frase de Rainer Maria Rilke, aquella, en la que afirma a la niñez, como la única patria del hombre.
Con la guerra concluida, volvió con sus ocho hermanos y sus padres a Hospitalet para retomar su educación escolapia desde los tres años. Su vida crecía con pasión en un colegio Montessori y tras una plática con un sacerdote algo le cambió; en una noche, ya con trece le preguntó a Cristo cuál era su razón de ser; le brotó un razonamiento que definió su existencia«con trece años pensé como un adulto… y le dije, Cristo, tú has dado tu vida, ¿yo que tengo para darte?, no tengo nada, solamente mi vida… te doy mi vida. Y desde ese día le prometí que le daba mi vida. Esa fue mi vocación y nunca fue para atrás. Nunca tuve dudas». Concluyó sus estudios teologales y su ordenación; enseguida se involucró a la educación pía.
PREGUNTA. ¿Cómo fue su llegada a México?
RESPUESTA. En esos años México vivía una política antirreligiosa con la educación. Los esfuerzos de los escolapios en Roma para consolidarse en México estaban costando porque los ánimos eran valientes pero individuales por la falta de aprobaciones en las aduanas con los sacerdotes; estaba, por ejemplo, aquí en Santa Ana, el padre Comas, en Veracruz el padre Torrente o en Oaxaca Segismundo Balager. Algunos tenían que esforzarse para estar en Puebla y Santa Ana el mismo día. En estas, me llega a mí; me acababan de nombrar rector en un colegio de Barcelona, el Balmes y estaba a cargo de 200 alumnos, un colegio grande. Al cabo de un año, el provincial me dijo que yo era el único escolapio joven que podía ir a México; ya habían negado el ingreso de unos seis o siete. Y así fue. Renuncié a mi cargo de rector en Barcelona para venir acá a Santa Ana. También fue una aventura, solicitamos los papeles, pero no llegaron. Tuve que ir a Estados Unidos y entrar por Laredo con una familia mexicana y yo simulando que era de México. Luego el padre Ángel Olivera que estaba en Puebla me fue a buscar en coche. Esto fue en el año 65.
P. Y su luego a Santa Ana…
R. Llegué a principios de diciembre. Eran vacaciones. El colegio parroquial estaba en picada, eran los franciscanos que estaban a cargo, pero los franciscanos no son maestros. Había una desbandada tremenda. Los alumnos se habían dado de baja. Pintamos fachadas y todo porque estaba abandonada. Enseguida me puse a buscar maestros, había unos que venían desde Puebla solo para dar clases. Yo tenía unos 37 años. Empecé con unos 14 o 15 alumnos. Así empezó el Morelos. Tenía que ser yo el profesor de matemáticas, de física, química, artísticas, y religión. Esos alumnos salieron bien porque era una cualidad que me dio Dios, ser buen maestro. Ya estaba acostumbrado desde la universidad porque explicaba a mis compañeros lo que no entendían. Luego a los dos años los escolapios fundaron la Fray en Apizaco y yo iba a dar clases. Los colegios fueron cobrando mucha fama y relevancia. Ya se sabía que los exámenes buenos de alumnos de Tlaxcala venían del Morelos. Luego tras trece años me movieron a Puebla, luego Oaxaca. Volví un tiempo a mi tierra y regresé a ser maestro.
P. ¿Extrañó su país?
R. Es duro, pero esa es mi vida. Mi madre que tenía entonces 92 años, siempre me decía: oye, estás fuera de Cataluña, ya son muchos años; todos tus compañeros que han ido a trabajar en México ya están aquí de regreso… y tú por qué no pides permiso para estar unos años trabajando aquí… estarás más cerca de nosotros y podremos celebrar tu cumpleaños, tu santo, el mío. Y bueno, fue tanto el poder de mi madre que pedí a los superiores permiso para ir a España. Dije dos o tres años, pero se convirtieron en cinco. Yo no tenía corazón para decir a mi mamá, me voy, me regreso. Pero fue ella, a sus 98 años me dijo, oye, tú no eres feliz aquí… tu vida la tienes en México, regrésate. Ya no volví a ver a mi madre. Regresé a México a ser maestro. Estoy jubilado desde el 2009.
P. ¿Le gustaría volver a España?
R. En España no tengo la cantidad de conocidos y alumnos y exalumnos y padres de familia que tengo aquí. Allí, si hubiera estado en España, ahora yo estaría en una casa para ancianos y enfermos, con cuidados médicos y enfermeros, pero sin hacer nada. No he nacido para no hacer nada. Yo tengo que hacer algo siempre y además aquí es mi casa. Aquí es donde tengo más conocidos, más amigos, más vida, más todo… Dios me llevó hasta aquí, pues es aquí donde tengo que estar, ¿qué se hace?
P. ¿Cambió la educación a cómo usted la conoció?
R. Yo era de otra época; de cuando los alumnos querían estudiar. En mis últimos años impartiendo clase ya no querían; sus papás tenían negocios y ellos no tenían por qué esforzarse. En mis tiempos yo decía: para mañana dos problemas de matemáticas. Y ellos decían: ¡más, queremos tres o cuatro!, pedían más tareas, ¿tú te imaginas? A ver, había un truco, yo iniciando el curso les prometía que cuando llegáramos a los 100 iríamos a hacer un día de excursión a un museo o a algo así. Y claro, querían llegar a los 100. Pero había disponibilidad para querer aprender; así salieron muy bien preparados. En los últimos años ya no querían nada; tres o cuatro levantaban la mano confirmando haber hecho la tarea. Saquen el libro, no lo traigo. Señor, yo vine a enseñar, no a cuidar niños. Adiós.
P. ¿Cuál ha sido su mayor satisfacción en todos estos años?
R. He sido muy feliz. En todas partes me entregué y encontré correspondencia.
P. Su día a día, ¿qué tal?
R. ¿Ahora mismo? Pues llevar una vida bonita. Hago ejercicios físicos y mentales; sudokus y leer. Rezar. Le dedico a mi jardín, 20 o 25 minutos que es lo que puedo dedicarle. Antes pintaba, dedicaba a la mañana a pintar, pero ya no puedo porque los dedos ya no me permiten coger bien el pincel. Pero sigo arreglando trastes y cosas porque soy mañoso. Es un hobby de mi vida a arreglar trastes rotos. Tengo misa diaria a las 7:00 de la noche de lunes a viernes, sábado y domingo por las mañanas; en el convento de las monjas de Guadalupe en Santa Ana; vienen por mí y me regresan, antes, manejé hasta los 92, ahora, ya es imprudente que yo maneje a esta edad. Hombre, es un regalo para mí seguir dando misa. Confieso a personas acá en la casa. Me acuesto relativamente temprano, a las 10… no quiere decir que alguna vez no me enganche acabando de hacer sudokus que no me salieron. Hasta que salgan. Son ejercicios mentales, todos los días, también ejercicios físicos un rato después de ducharme. Me levanto relativamente tarde, digo yo. A las 7 y 20, desayuno una telera con una loncha de jamón y un tazón de leche. Leer el periódico, rezar y el jardín otra vez. Y así lo hemos hecho todos los días.
P. ¿Sigue en contacto con su familia?
R. Intento ir cada año. Luego con mi hermana que sigue viva nos comunicamos con esto (señala un teléfono celular) y sirve muy bien para eso; ella está mal de salud, tiene 95 años y hace poco estuvo a punto de morir, el doctor no da muchas esperanzas. Pero me dijo algo muy bonito: no te preocupes por mí, no te preocupes por mí porque soy feliz; soy feliz porque Dios está conmigo y porque toda mi vida lo ha hecho. Apenas estoy descubriendo a Dios, no es el Dios bíblico de castigo a los que se portan mal. Es el Dios, el amor que perdona a todos. Tengo una reflexión interior, una madurez. No te preocupes por mí. Yo me iré de este mundo feliz. He hecho lo que debía y me siento muy feliz. (Piensa y calla cerca de un minuto, parece que coge fuerzas y sigue). Nuestra vida, es lo que es y hemos fabricado muchas fantasías de la vida humana. No podemos quedarnos en los hubieras: ¡Ay, no me pude despedir de mi mamá o de mi hermana en persona! Tampoco, si las querías, había que disfrutar el beso antes de acostarte o los abrazos cuando estábamos cerca, pues siempre se va despidiendo uno y hay que hacerlo bien y disfrutar todos los momentos. No podemos vivir siempre, ¿no? 
Gracias a Dios, porque si no seríamos unos vejestorios imposibles ya. Entonces, ¿hemos de morir? Está bien. ¿Para qué hacemos un problema? Y si tengo fe, mejor, si tengo fe, sé que en esta vida no se acaba todo… no tengo razones, no tengo razones que me demuestren que después de esta vida habrá otra, pero tengo la palabra de Cristo que lo dice que sí.
Luego, el sacerdote saca su vena científica; ahonda en el principio de la fe y lo liga con la ciencia. Me explica que el sudario y la imagen revelada de Cristo es fruto de una radiación enorme que duró milésimas de segundos: el momento de la resurrección. Habla de Santo Tomás de Aquino, de su teoría de los sacramentos, esos signos de la gracia como comulgar o confesar. Critica la cuadratura que ha creado la iglesia con muchos conceptos y el error de empoderar al sacerdote. El sacerdote debe ser un servidor y muchas veces eso no sucede. Se describe como un sacerdote rebelde, aunque corrige, un sacerdote inconforme. Pasa de un tema a otro con ligereza, yo no puedo seguirlo, soy insuficiente y solo palpo su sabiduría. Quisiera tener una sola meta y es la paz, la sabiduría y la bondad que emana Oriol en el final de su vida. Conversa como a pocas personas he visto hacerlo. Me resulta delicioso; lo siento, pero las palabras nunca estarán a la altura de algunos momentos y no quiero arruinarlo.
Nada se parece Santa Ana Chiautempan a Cabrera del Mar. Nada se parecerá el colegio Balmes al que renunció para ayudar a fundar los cimientos y los mejores años del colegio Morelos; y de la Fray. Generaciones enteras de tlaxcaltecas bajo su tutela educativa. Siendo sinceros, no entiendo la renuncia a todo. La entrega absoluta para servir educando. Admiro su Santa Obediencia. Yo, un simple mundano entregado al hedonismo, no puedo comprender lo evidente de su felicidad ni de su paz desde la renuncia absoluta del Yo. José Oriol, renunció a todo y es feliz; se perdió de familia y de sus cumpleaños, del amor o de las chicas catalanas; no vio morir los ojos de su madre ni los de sus hermanos, no sucumbió ante el poder o la conquista de bienes materiales. Todo lo que tenía lo dejó y con 96 está al otro lado del mundo de donde nació, solo, sin nadie que le acompañe, esperando el encuentro con su Dios mientras cuida de su jardín y hace sudokus. Se ató al mástil —como Odiseo— de su vocación para no sucumbir a la banalidad de la vida. En breve, el 19 de enero cumplirá 97 años. Después de todo, se despide: «Esto es lo que hace que mi vida sea feliz. Me siento feliz, vaya. Muchas gracias»Creo que nunca he llorado de felicidad, pero podría haber sido un buen momento para haberlo hecho.