El mismo patrón, la misma prisa, la misma ausencia de pruebas verificables y el mismo resultado: el medio o el gobierno acusado se ve obligado a salir a desmentir, y con cada desmentido el acusador pierde un poco más de credibilidad mientras los señalados ganan el beneficio de la duda.
Hace apenas unas semanas Simón Levy difundió como verdad revelada unas fotografías borrosas que, según él, mostraban a Ariadna Montiel reunida con “El Guano”.
Les puso marca de agua de El Universal, juró que el diario las había publicado y que “nada de inteligencia artificial”. El Universal tuvo que emitir un comunicado para aclarar lo obvio: no las publicó, desconoce su origen, se trata de una suplantación y ya está denunciando el contenido.
Las imágenes, además, son tan lejanas y difusas que ni siquiera se distingue a nadie con claridad. Un mes antes, el mismo Levy había lanzado contra la gobernadora de Tlaxcala, Lorena Cuéllar, un paquete de acusaciones de mayor calibre
Presunta red de lavado de dinero, trata de personas, huachicol, nexos con el crimen organizado, financiamiento ilícito de campaña y la adquisición de cuatro departamentos de lujo en Miami (uno de ellos valuado en 3.8 millones de dólares) a través de supuestos prestanombres.
Llegó a calificarla, junto con el gobernador de Puebla, de “narco gobernadora”. El Gobierno de Tlaxcala y la propia Cuéllar respondieron con el mismo tono que El Universal: “información falsa”, “guerra sucia”, “no tengo que aclarar algo que no existe” y el reto de que presentara pruebas ante autoridad competente.
Hasta la fecha, esas pruebas no se han exhibido de forma pública y verificable que permita sustentar judicialmente las acusaciones.
El mecanismo es idéntico: Levy lanza la acusación grave, la difunde con tono de certeza absoluta, le pone el barniz de “ya lo sabía” o “ya lo adelanté”, y espera el impacto.
Cuando el medio como El Universal o el gobierno salen a desmentir, el daño mediático ya está hecho… pero también se produce un efecto colateral que él no controla: cada desmentido serio, documentado y reiterado termina por limpiar el rostro de quien fue señalado.
Porque la opinión pública, aunque lenta, termina aprendiendo el patrón. Cuando El Universal —un medio que no es precisamente blando con el poder— se ve forzado a decir “esto no es nuestro”, la acusación contra Montiel pierde peso.
Cuando el Gobierno de Tlaxcala y la propia gobernadora rechazan de forma consistente y sin ambigüedades las acusaciones de Levy, y éste no presenta documentación pública que las sostenga, el efecto es el mismo: la sospecha se desplaza del acusado hacia el acusador.
Cada “guerra sucia” que se desmiente, cada foto falsa que se deslinda, cada departamento en Miami que no se acredita, suma un punto a favor de quienes han sido blanco de esas campañas.
Así opera el desgaste. Levy no necesita demostrar, solo necesita sembrar. Pero cuando los desmentidos se acumulan —y se acumulan porque las acusaciones se repiten sin prueba—, el resultado es paradójico: el gobierno de Tlaxcala, la figura de Lorena Cuéllar y todos aquellos a los que ha incriminado con el mismo método terminan fortalecidos en la narrativa de “víctimas de una maquinaria de desinformación”.
No porque se demuestre su pureza absoluta, porque es claro que no son impolutos, sino porque el acusador se revela como alguien que lanza primero y verifica (o no) después.
El problema de fondo no es solo la mentira puntual, es la industrialización de la acusación sin sustento.
Cada vez que un medio serio o un gobierno se ve obligado a salir a decir “esto no es cierto”, se pierde un poco más la confianza en quien hace el señalamiento y por efecto espejo, se limpia un poco más el rostro de quienes han sido el blanco reiterado de esas campañas.
Levy ha convertido la difusión de material no verificado en su principal herramienta, el problema es que, cuando los desmentidos se vuelven costumbre, la herramienta se vuelve contra él y termina lavando, sin quererlo, la imagen de aquellos a los que pretendía manchar. Así el títere de Estados Unidos, el peor que pudo elegir la oposición.


