El juego solitario de una gobernadora

Apolinar Vélez/Opinador
Apolinar Vélez/Opinador
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En política hay obsesiones que nublan el juicio. Y en Tlaxcala, la obsesión tiene nombre y apellido: Lorena Cuéllar Cisneros quiere poner gobernador. Un hombre a modo. Un sucesor que le cuide la espalda, le administre las lealtades y, de paso, le garantice continuidad personal más que proyecto colectivo.
El problema es que esa ambición choca con una realidad incómoda: no es parte del círculo político de Claudia Sheinbaum Pardo.

Eso quedó claro cuando la hoy presidenta compitió internamente en Morena por la candidatura presidencial en 2024. Mientras Sheinbaum construía su ruta con estructura propia, Cuéllar jugaba en otra cancha. No apostó por ella. No caminó con ella. No formó parte de su equipo político. Y en política, los apoyos no se olvidan… pero las ausencias tampoco.
Sí, es cierto: desde que Sheinbaum asumió la Presidencia, ha visitado Tlaxcala, ha prodigado abrazos institucionales y ha lanzado elogios protocolarios. Pero una cosa son las formas republicanas y otra la confianza política. Lorena no pertenece al primer círculo de la presidenta. No es cuadro estratégico del nuevo proyecto nacional. Y eso pesa.

Porque si alguien cree que en Palacio Nacional no se toma nota de quién estuvo y quién no estuvo en los momentos definitorios, peca de ingenuidad.
Hay antecedentes que no se pueden borrar. Cuéllar respaldó con recursos económicos y con estructura burocrática —como hoy ocurre con el alcalde capitalino Alfonso Sánchez García— a quien entonces era secretario de Gobernación y después coordinador de Morena en el Senado: Adán Augusto López Hernández. No fue un respaldo simbólico. Fue operativo. Con maquinaria. Con movilización. Con dinero público disfrazado de entusiasmo partidista.
Hoy, la historia parece repetirse, pero con un “delfín” local.

En diciembre pasado, la presidenta reunió en la Ciudad de México a gobernadoras y gobernadores del país. El mensaje fue directo: de los 27 estados donde se renovarán gubernaturas, nadie tendría la posibilidad de heredar el poder. Nada de designar sucesores. Nada de imponer candidaturas. Nada de cacicazgos reciclados.
Sin embargo, en Tlaxcala se actúa a contracorriente. La afinidad política y personal entre la gobernadora y el alcalde capitalino ya no se disimula. Tampoco el respaldo económico proveniente del erario ni la utilización —cada vez más descarada— de la burocracia estatal, de órganos autónomos y hasta de ayuntamientos para nutrir los eventos masivos del presunto “delfín”.
La operación es burda: funcionarios que “voluntariamente” asisten, empleados que “deciden” movilizarse, trabajadores que “coincidentemente” llenan auditorios y plazas. Todos saben que el margen de decisión es mínimo. En un estado pequeño, donde el empleo público es sustento de miles de familias, la amenaza tácita del despido es un mecanismo eficaz de control. La pregunta es: ¿cuánto de ese apoyo es real? Seguramente muy poco.

La asistencia no es entusiasmo. Es obligación. No es convicción. Es miedo. Y las encuestas de febrero lo dicen con claridad: el “delfín” no despega en la opinión pública. La gente distingue entre la movilización forzada y el liderazgo genuino. Puede que los eventos luzcan llenos, pero las urnas no se llenan con listas de asistencia.
Forzar la sucesión no sólo contradice el mensaje presidencial; también erosiona su propia legitimidad. Si insiste en imponer, puede terminar aislada políticamente: sin el respaldo pleno de Palacio Nacional y con un candidato débil, sostenido por una estructura que obedece por temor, no por lealtad.
La historia mexicana está llena de gobernadores que creyeron que el poder era transferible por decreto. Muchos descubrieron demasiado tarde que el tiempo político no se hereda y que los afectos simulados no se convierten en votos.

Lorena Cuéllar parece decidida a apostar su capital político en una jugada arriesgada: construir un sucesor a modo, aun cuando la línea nacional marca otra ruta. La pregunta no es si puede intentarlo. La pregunta es si resistirá las consecuencias cuando el “delfín” descubra que el agua electoral no se mueve con empleados obligados… sino con ciudadanía convencida.