MARTÍN RODRÍGUEZ HERNÁNDEZ/INNOMBRABLE
MARTÍN RODRÍGUEZ HERNÁNDEZ/INNOMBRABLE
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En el corazón del país, en la entidad que se enorgullece de su legado histórico como cuna de la alianza indígena-española y sede de uno de los primeros conventos franciscanos en América, se está gestando un agravio que debería avergonzar a cualquier autoridad cultural. ¿Tan jugoso será el negocio?

El Conjunto Conventual Franciscano y Catedralicio de Nuestra Señora de la Asunción, declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 2021, representa no solo un monumento arquitectónico del siglo XVI, sino un testimonio vivo de la evangelización, la fusión cultural y la resistencia indígena.

Sin embargo, en nombre de “festejos” y “entretenimiento”, el Circo Atayde ha irrumpido en este espacio sagrado, rompiendo muros y alterando anexos históricos para montar un espectáculo que prioriza el lucro sobre la preservación.

¿Dónde están la UNESCO, el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) y los guardianes de la “cultura nacional” cuando se necesita su intervención urgente?

La ironía es palpable. Tlaxcala celebra en octubre de 2025 los 500 años de su fundación, un momento que debería exaltar su riqueza histórica y cultural.

En cambio, la Secretaría de Turismo del Estado de Tlaxcala (SECTURE), bajo la dirección de Fabricio Mena Rodríguez, ha entregado las riendas a Atayde Entertainment Group, una empresa que ya ha demostrado su incompetencia y desdén por el rigor.

Recordemos los errores vergonzosos en las lonas de las fiestas patrias: diseños generados por inteligencia artificial sin supervisión adecuada, que se volvieron virales por sus fallos infantiles.

Cada una costó 127 mil pesos al erario, y aunque el secretario reconoció las “equivocaciones” y amenazó con sanciones, la empresa no solo mantiene el contrato, sino que ya produce nuevos elementos gráficos para la conmemoración.

Esto huele a compadrazgo, a opacidad en los criterios de contratación, y a una falta absoluta de transparencia que parece algo común en las instituciones estatales.

Pero el daño va más allá de lonas mal hechas. El espacio conventual, anexo al núcleo histórico protegido por la UNESCO, está siendo reducido a un “centro multidisciplinario” para albergar el Festival Internacional de la Cultura Circense, programado del 3 al 12 de octubre en la Plaza de Toros de Tlaxcala.

La empresa presume en sus redes sociales de un elenco estelar: los Flying Caballero, los Hermanos Vivas, los Pellegrini Brothers, y artistas internacionales como Heejin Diamond o el dúo Les Rabits, todo acompañado de una orquesta del Conservatorio de Puebla.

Suena grandioso, ¿verdad? Sin embargo, esta “fusión de tradición y vanguardia” es, en realidad, una confrontación directa contra el patrimonio tlaxcalteca.

Romper muros centenarios para instalar estructuras temporales no es progreso; es vandalismo institucionalizado.

La UNESCO inscribió este sitio por su autenticidad, sus materiales constructivos originales y su valor como ejemplo de la arquitectura colonial temprana. Alterarlo de esta manera no solo viola las normativas internacionales de preservación, sino que pone en riesgo la integridad del bien seriado que incluye otros conventos franciscanos en México.

La propuesta de Héctor Israel Ortiz Ortiz para recuperar la Plaza Bicentenario cobra una urgencia vital en este contexto.

¿Por qué no utilizar espacios alternos como el Centro de Convenciones, diseñado precisamente para eventos masivos, o cualquier otro sitio que no implique “afectar la tacita de plata”, como se conoce cariñosamente a Tlaxcala por su pureza histórica?

La respuesta parece radicar en una visión miope que prioriza el espectáculo efímero sobre el legado perdurable.

Y aquí surge la hipocresía más clara: las mismas autoridades que desalojaron a vendedores ambulantes, puestos de hamburguesas, churros y elotes del centro histórico, argumentando la protección del patrimonio, ahora permiten que un circo comercial irrumpa con martillos y maquinaria.

¿Por qué unos sí y otros no?. Los comerciantes, que forman parte de la tradición gastronómica local, tienen todo el derecho a exigir explicaciones ante esta ambigüedad. Si el patrimonio es “de la humanidad”, ¿por qué se trata como un bien negociable para unos pocos?

Los festejos por los 500 años incluyen más de 90 actividades: artes escénicas, danza, música, festivales y verbenas, con proyección en medios nacionales e internacionales, son una oportunidad dorada para resaltar la riqueza de Tlaxcala, desde sus murales prehispánicos hasta sus tradiciones indígenas.

Pero si se permite que el Circo Atayde continúe su invasión, el mensaje es claro: el patrimonio no pesa tanto como los contratos jugosos.

La UNESCO no solo piensa en la belleza estética; exige salvaguarda activa contra amenazas como el desarrollo urbano descontrolado o el turismo irresponsable.

En Tlaxcala, estamos ante un caso paradigmático de cómo el “progreso” mal entendido devora la historia.

Es hora de que la sociedad tlaxcalteca, los especialistas en patrimonio y las instancias federales intervengan.

No se trata solo de un circo; es un síntoma de un desdén sistémico por lo que nos define como pueblo.

Si no actuamos, los muros rotos hoy serán el preludio de una herencia perdida mañana. La UNESCO nos dio un tesoro; no permitamos que se convierta en ruinas por negligencia o por una notable ignorancia.