* Tlaxcala no puede acostumbrarse a la violencia
La indignación y el dolor recorren hoy las calles del estado y es que en Cuaxomulco, Panotla y Tepeyanco se registraron hechos violentos que han estremecido a la sociedad tlaxcalteca y han vuelto a colocar sobre la mesa una pregunta que cada vez pesa más entre la ciudadanía: ¿qué está pasando con la seguridad en el estado?
La muerte de Héctor y Juana, conocidos comerciantes y propietarios de una cadena de cremerias asesinados en su domicilio en Panotla, no solo representa una tragedia familiar, sino también un golpe directo al tejido social y económico de una comunidad trabajadora.
Eran personas conocidas, cercanas a la gente, generadoras de empleo y parte de la dinámica cotidiana del municipio. Su asesinato ha provocado consternación, miedo y un profundo sentimiento de impotencia entre familiares, amigos y vecinos.
La sociedad de Panotla hoy clama justicia. No basta con los mensajes institucionales ni con las promesas de investigación; la ciudadanía exige resultados reales, responsables detenidos y garantías de que hechos así no volverán a repetirse.
Cuando asesinan a comerciantes, constructores, empresarios o ciudadanos, queda la sensación de vulnerabilidad en el entorno social porque que se multiplica todos los días el miedo y el temor de ser víctimas de la delincuencia entre quienes salen a trabajar honestamente. Pero el dolor no termina ahí.
En Cuaxomulco, hace unos días un empresario de la construcción fue asesinato durante un asalto la violencia volvió a teñir de luto a otra familia, otro ciudadano más que perdió la vida en circunstancias que reflejan el deterioro de la seguridad y la creciente preocupación por la creciente delincuencia.
La familia vio todo, vivió los últimos momentos de un atraco que terminó con la vida de un hombre, un padre de familia, un empresario, un ciudadano trabajador.
El fin de semana un asalto en Tepeyanco terminó con la vida de una persona que intentó detener el robo, frustrar el delito de costo caro porque los delincuentes accionaron sus armas de fuego y le dispararon hasta quitarle la vida, la familia quedó destrozada por los hechos.
Lo más alarmante es que estos casos comienzan a formar parte de una cadena de hechos violentos que ya no pueden considerarse aislados.
Robos, asaltos, desapariciones, feminicidios y homicidios se han convertido en temas frecuentes en las conversaciones de los tlaxcaltecas. La percepción de inseguridad crece mientras las autoridades parecen ir siempre un paso atrás de la realidad no queriendo visibilizar la realidad de miles de familias que no perciben la seguridad, mucho menos creen que Tlaxcala es el estado más seguro por los bajos índices delictivos reportados por las autoridades.
Tlaxcala durante años fue vista como un estado relativamente tranquilo, pero hoy la ciudadanía observa con preocupación cómo la violencia comienza a normalizarse y genera focos de alarma y preocupación.
Y ese es precisamente el mayor riesgo: acostumbrarse. Cuando una sociedad deja de sorprenderse por los asesinatos, cuando el miedo modifica las rutinas diarias y cuando salir a trabajar implica un riesgo, entonces algo se está fracturando profundamente y la paz social se ha perdido.
La exigencia social es clara: justicia para Héctor y Juana, justicia para el constructor asesinado en Cuaxomulco y una estrategia de seguridad efectiva que devuelva la tranquilidad a las familias. Porque detrás de cada cifra hay vidas, historias, sueños y familias destruidas por una política de seguridad que parece no dar resultados.
Los tlaxcaltecas merecemos vivir en paz y como ciudadanos tenemos derecho a exigirla.
¡Justicia a las víctimas y paz social para la población!

