Hay confesiones que llegan tarde y, precisamente por eso, resultan más devastadoras. Vicente Fox Quesada acaba de entregar una.
En entrevista con el periodista Juan Luis Cebrián para el medio español The Objective, el expresidente panista afirmó sin rodeos: “Gana Calderón o, lo puedo decir aquí, hice que ganara Calderón, aunque no es muy democrático decir eso”.
No fue un desliz. Fue una declaración de principios. Fox explicó que abordó la sucesión de 2006 con “mentalidad de empresario”: el dueño del negocio decide a quién le deja las riendas, como si el país fuera una empresa, como si fuera Coca-Cola Femsa, como si fuera esa compañía que le entregó el poder y gracias a la cual llegó a la Presidencia.
Por si fuera poco, dejó claro que, de haber ganado Andrés Manuel López Obrador, simplemente no le habría entregado la banda presidencial “por el coraje que me hubiera dado”.
Veinte años después, el hombre que en el año 2000 llegó prometiendo desmontar el presidencialismo priista admite que usó el poder del Estado para garantizar la continuidad de su partido. El mismo partido que en Tlaxcala prestó sus colores a Héctor Israel Ortiz Ortiz.
La diferencia oficial entre Felipe Calderón y López Obrador fue de apenas 0.56 puntos porcentuales. El Tribunal Electoral señaló entonces las intervenciones del presidente en funciones como una de las irregularidades más graves del proceso, pero poco importó el señalamiento y pese a ello varios gusanos de esa misma guayaba presumían un triunfo histórico.
Ahora el propio Fox confirma y lo presume. El poder del estado fue utilizado para arrebatar al ciudadano la posibilidad de votar y elegir libremente: Carlos Loret, Ciro Gómez y otros más no han presumido esa nota, porque simplemente les duele aceptar que defendían lo indefendible
Claudia Sheinbaum lo calificó de terrible y de prueba de que, para ellos, gobernar México era un negocio. Ya no hay margen para la duda: es una declaración hecha por el propio expresidente.
Paralelamente, al norte del río Bravo, Donald Trump vivió su propio naufragio. Las elecciones de medio término del 3 de noviembre entregaron a los demócratas el control de ambas cámaras del Congreso. El golpe simbólico más profundo ocurrió en Texas, donde Gina Hinojosa derrotó a Greg Abbott y se convertirá en la primera gobernadora latina del estado.
Le ganó a los cientos de millones que el empresario destinó a su campaña. James Talarico arrebató la senaduría a Ken Paxton, el primer demócrata en ganar esa posición desde 1988. Los demócratas barrieron también la tenencia de gobernador, la Fiscalía General y otras oficinas estatales.
Texas, el bastión que la derecha global consideraba inexpugnable, cambió de manos. Trump, que tanto presumió de su fuerza, terminó siendo el mejor organizador de la oposición.
Esa es la derecha que celebró con euforia la llegada de Javier Milei en Argentina y el avance de fuerzas similares en otros países. Se llenaron la boca hablando del regreso de la derecha en el mundo y hoy la realidad simplemente los alcanzó.
Tanto Fox como Trump no pudieron sostener el terreno de sus propias geografías. Lo que quedó al descubierto no es solo una derrota electoral: es la fragilidad de un proyecto político basado en personalismos, en soberbia y en una percepción patrimonial del poder.
Fox trató a México como una empresa familiar. Trump trató a Estados Unidos como una extensión de su marca personal. Ambos terminaron por entregar el poder a quienes juraban detestar.
En México, el PAN de Jorge Romero Herrera y Maru Campos observan el panorama con la amargura de quien celebraba triunfos ajenos mientras perdía los propios. Todos vimos que el PRI como el PAN se dedicaron a hacer campaña en Estados Unidos y celebraban todo lo que pasaba fuera de la frontera nacional, porque simplemente aquí nadie los quiere… hoy ni esos triunfos ajenos pueden celebrar.
Es cierto que a la derecha le quedan bastiones como Chihuahua o Guanajuato, pero la narrativa del regreso inevitable de la derecha se desmoronó. Su principal motor no fue la convicción ideológica, sino la soberbia y la soberbia, tarde o temprano, se cobra en las urnas.
Lo que queda es el espejo de dos figuras que, creyéndose dueñas del destino, terminaron por entregárselo a sus adversarios. La historia, al final, suele ser más justa que generosa.
Valdría la pena reflexionar sobre lo dicho por Vicente Fox Quesada, del PAN, y por Mariano González Zarur, del PRI, porque el propio González Zarur también reconoció, con esa incontinencia verbal que le caracteriza, que de no ser por él, Marco Antonio Mena Rodríguez no habría ganado. “Yo lo inventé en cinco años; no tenía ninguna capacidad para ser gobernador”, dijo el exmandatario priista.
Y añadió que se equivocó, que bajo Mena creció la pobreza y que éste traicionó al PRI al no mantener el poder para el partido.
Entonces el PRIAN, el amorío, la prostitución del PRI y el PAN se confirman en el rostro de Vicente Fox Quesada anunciando, presumiendo, que hizo ganar a Felipe Calderón Hinojosa, y aquí en Tlaxcala, con la diarrea verbal de Mariano González Zarur, reconociendo que impuso —con la fuerza del aparato, con el dinero del Estado y con la lógica de sucesión patrimonial— a un gris y tristemente célebre venido a menos, Marco Antonio Mena Rodríguez. De pena ajena.


