La designación de Ricardo Peralta Saucedo como representante de Casa Tlaxcala en la Ciudad de México —el espacio que simboliza la presencia oficial del estado en la capital y sirve como antesala para los tlaxcaltecas— genera una profunda desesperanza y merece una crítica contundente por varias razones de fondo.
Primero, el perfil de Peralta no responde a los criterios de arraigo ni identidad tlaxcalteca que debería primar en un cargo de esta naturaleza.
Casa Tlaxcala no es un puesto burocrático más: es la embajada simbólica del estado, el lugar donde se promueve la cultura, la economía y los intereses de todos los tlaxcaltecas ante el gobierno federal y la sociedad capitalina.
Nombrar a alguien no nacido en Tlaxcala, sin vínculos históricos o familiares evidentes con el territorio, diluye el sentido de pertenencia y representación genuina.
¿Qué mensaje se envía a la ciudadanía cuando se prefiere a un forastero sobre profesionales tlaxcaltecas con trayectoria probada y compromiso local?
Segundo, el historial de Peralta en la función pública federal está marcado por señalamientos graves y salidas abruptas de cargos clave.
Fue Administrador General de Aduanas en el SAT, donde múltiples denuncias e investigaciones lo vincularon a presuntos actos de corrupción, como tráfico de influencias, facilitación de contrabando, huachicoleo y redes irregulares en aduanas clave. Denise Maerker lo señalo por sus tratos con carteles.
Posteriormente, pasó a ser subsecretario de Gobierno en la Secretaría de Gobernación bajo las ordenes de Olga Sánchez Cordero, de donde fue separado —según reportes periodísticos— por orden presidencial tras acusaciones de vínculos con el crimen organizado y prácticas irregulares.
Aunque no existen sentencias firmes que lo condenen, la acumulación de controversias y su remoción de dos puestos federales de alto nivel debería ser motivo suficiente para descartarlo en cualquier encomienda pública, mucho más en una que representa la dignidad y la imagen de un estado entero.
Tercero, el hecho de que este nombramiento ocurra en un gobierno morenista estatal refuerza una percepción preocupante: la tolerancia o reciclaje de perfiles controvertidos que, pese a haber sido descartados en el ámbito federal por la misma 4T, encuentran refugio en administraciones locales. Esto entierra la credibilidad del discurso anticorrupción que tanto se pregona.
Si en el gobierno federal se le apartó por señalamientos serios, ¿por qué en Tlaxcala se le da un espacio de representación privilegiado?
La mención a Gimena Lara (ex titular de Planeación e Inversión en la entidad) como posible “madrina” del nombramiento, y la salida de Steve del Razo (quien dejó el cargo para otro en Coeprist), sugiere más bien una lógica de cuotas, alianzas internas o favores políticos que de mérito o idoneidad.
No hay argumento sólido que justifique colocar a Ricardo Peralta al frente de Casa Tlaxcala. No es tlaxcalteca de origen, su trayectoria está empañada por graves cuestionamientos de corrupción e influencia indebida, y su designación prioriza redes foráneas sobre el talento y la identidad local. No es algo que sorprenda, pero tampoco que se deba normalizar.
Esto no fortalece a Tlaxcala: lo debilita, genera desconfianza y perpetúa la idea de que en el servicio público estatal —al igual que en otros niveles— las puertas siguen abiertas para quienes han sido cuestionados en otros ámbitos, pero sobre todo para quienes no amen, no pertenezcan y no tengan acta de nacimiento en Tlaxcala. Las puertas de par en par son y serán para un NO NACIDO.
Al margen de todo esto, los más tristes son los del grupo Morelos. Cuando Gimena Lara se fue de Tlaxcala fue por precaución, pues no quería estar bajo las órdenes de Luis Antonio Ramírez Hernández.
Hoy la moneda cayó del lado contrario y quien llega a Casa Tlaxcala es justamente su ex jefe de Lara, primero a Casa Tlaxcala, y ya con la constitución local “mancillada” por qué no creer que la verdadera jugada es un cambio en la Segob que cada vez está más confrontada, con menor credibilidad y en un desgaste interno que es visible desde la Malinche. Que a nadie sorprenda lo que aquí digo.







































































