¡Por fin, señoras y señores, el circo cierra su telón más sucio! Alejandro Gertz Manero, ese octogenario vampiro del poder que chupó la sangre de la justicia mexicana durante seis eternos años, ha soltado por fin las riendas de la Fiscalía General de la República (FGR).
¿Motivos de salud? ¡Ja! Como si alguien creyera que un tipo capaz de resucitar investigaciones muertas para vengar rencores universitarios sufre de “dolores de espalda”.
No, esto huele a maniobra palaciega: Claudia Sheinbaum, harta de que el abuelo fiscal le estorbara con sus caprichos personales, lo mandó a pastar en algún asilo dorado de la 4T. Y aplaudo de pie, con las palmas ardiendo de tanto golpear. ¿Por qué? Porque Gertz no era fiscal; era un matón con toga, un coleccionista de escándalos que convirtió la FGR en su patio trasero privado para ajustar cuentas y enterrar evidencias.
Recuerden el sainete de la UDLAP, ese asunto digno de telenovela barata. Gertz, rector frustrado de la UDLA (esa “Universidad de las Américas” de segunda mano que fundó para competir con la de Puebla), se enreda en pleitos por el nombre como un chiquillo celoso.
Otorga poderes a su compadre Juan Ramos López –¡sí, el mismo que dirigió una fiscalía especializada en la FGR!– para demandar a la familia Jenkins de Landa, dueños de la UDLAP. ¿Resultado? Una investigación “misteriosamente” reabierta por lavado de dinero, ilegal como un abrazo en tiempos de peste, solo porque los Jenkins no le cedieron la marca.
Ordenes de aprehensión volando como confeti (aunque varios Jenkins ya andaban de vacaciones perpetuas en el extranjero), policía estatal ocupando el campus por medio año –¡imagínense, clases interrumpidas por un berrinche de rector emérito!– y la Suprema Corte teniendo que intervenir para limpiar el desastre.
¿Justicia? No, venganza con presupuesto federal. Y ni hablemos del IMPI, que de repente “resuelve” a favor de la UDLA de Gertz una vez que él se corona fiscal. Coincidencias, ¿eh? Como si el universo conspirara para que el viejo no perdiera ni una migaja de su ego inflado.
Pero eso era solo el aperitivo. El menú principal de horrores incluía el caso Alejandra Cuevas: una pobre mujer encarcelada por más de un año por un “delito inexistente” de homicidio, todo para presionar a su cuñada Laura Morán. ¿Pruebas? Cero. ¿Motivo real? El rencor personal de Gertz, que vio en la FGR su arma particular para saldar deudas familiares.
O el pleito con Julio Scherer, exconsejero de Palacio, a quien persiguió con carpetas de investigación por no respaldar su cruzada contra Cuevas. ¡Denuncias de intimidación y tráfico de influencias volando en todas direcciones! Y para rematar, el anuario de la corrupción de 2021 lo tilda de enriquecido inexplicable, junto a su séquito de lambiscones.
¿Escándalos suficientes para removerlo? Claro, pero AMLO, la cabecita de algodón, lo mantuvo como un fetiche: el “hombre que conoce las entrañas del poder”, decían. Secretos obscuros… ¡puro teatro! Lo mantuvo porque Gertz era su bulldog: muerde a los opositores, pero lame las botas del amo. ¿Y la autonomía de la FGR? Un chiste cruel, un cascarón vacío que López Obrador usó para simular que la justicia no era su patio de recreo.
Hoy, con su salida –confirmada por un Senado que huele a sesión exprés para votar al relevo–, México exhala alivio. Se va el que convirtió la fiscalía en un basurero de venganzas personales, dejando un ajedrez político patas arriba.
Porque sí, este cambio no es un adiós discreto; es un terremoto. La FGR, esa institución que debería ser el guardián de la ley, pasa a manos de quien Sheinbaum elija para “cuidarle la espalda” y filtrarle chismes jugosos del poder para tener pelos y señas del comportamiento de los amigos, pero sobre todo de los enemigos.
Y los rumores ya bullen como chismes de tianguis: dos perfiles suenan con fuerza para el trono ensangrentado, ambos tan afines a la presidenta que parecen clones de su agenda. Primero, Arturo Zaldívar, el exministro presidente de la SCJN que ahora coordina la política y gobierno en Palacio. ¿Sus credenciales? Un historial de lealtades inquebrantables a la 4T: impulsó reformas judiciales controvertidas, bailó al ritmo de AMLO y ahora orbita alrededor de Sheinbaum como un satélite fiel.
Sería el fiscal “institucional”, el que promete autonomía pero entrega informes confidenciales en charlas de café. Ácido, sí, pero ¿quién dice que no será el nuevo capataz, disfrazado de toga progresista?
El otro contendiente, aún más jugoso: Ernestina Godoy, la exfiscal de la CDMX durante el mandato de Sheinbaum como jefa de Gobierno. ¿Recuerdan? La misma que persiguió a los ministerios públicos que osaron no encontrar pruebas contra Cuevas en 2017, acusándolos de “denegación de justicia” en un bucle de persecución que huele a revancha feminista mal ejecutada.
Godoy es la opción “de casa”: leal hasta la médula, con experiencia en fiscalías locales y un currículum que grita “yo controlo el aparato”. Bajo su mando, la FGR podría volverse una extensión del gabinete de seguridad de Sheinbaum, persiguiendo narcos con eficiencia pero ignorando los pecadillos de los suyos.
En fin, celebremos el éxodo de Gertz como se celebra el fin de una plaga: con fuegos artificiales y un suspiro colectivo. Pero no nos engañemos: el relevo no es redención, es reciclaje.
Sheinbaum hereda un monstruo, y en lugar de domesticarlo, le pone una correa nueva. ¿Volverá la justicia a ser ciega, o solo cambiará de amo? Mientras tanto, que Gertz se retire a escribir memorias ficticias –o a litigar por el nombre de su próximo asilo–. México, al menos hoy, respira un poco más limpio. ¡Salud por eso, y que los nuevos no nos asfixien tan rápido!
Ahhh y en Tlaxcala la Fiscal Ernestina Carro Roldan debe ver este relevo como un antecedente que en nada le conviene. Si quitaron al Fiscal General, por qué no aspirar en que Tlaxcala podrá hacer lo mismo. A falta de resultados, un adios anticipado.

