La salida de Marcela González Castillo de la dirigencia estatal de Morena en Tlaxcala dejó una pregunta inevitable: ¿quién conduce realmente al partido en el estado? La respuesta formal tiene nombre y apellido: Jaina Daniela Flores Meneses, quien asumió las funciones de la Presidencia del Comité Ejecutivo Estatal tras la salida de González.
Pero una cosa es ocupar el cargo y otra muy distinta ejercer el liderazgo político que éste demanda. Y ahí es donde comienzan las dudas. Morena enfrenta uno de los momentos más delicados de su historia local: el proceso para definir a quien encabezará la Coordinación de Defensa de la Transformación rumbo a 2027, con varios aspirantes disputándose el respaldo de la militancia y de los distintos grupos internos.
La situación exige una dirigencia fuerte, visible y con autoridad. Sin embargo, Jaina Flores parece estar llegando tarde a una disputa política que ya comenzó. Mientras los aspirantes se mueven, las estructuras se acomodan y los grupos hacen cálculos, la dirigencia estatal no termina de asumir el papel de árbitro que le corresponde.
Y no es un asunto menor. La salida de Marcela González tenía necesariamente una dimensión política adicional: su esposo, Alfonso Sánchez García, es uno de los aspirantes a encabezar el proyecto de Morena en Tlaxcala. Precisamente por ello, la nueva conducción tenía la obligación de demostrar, con hechos y no con discursos, que existe un verdadero piso parejo para todos. La propia cobertura periodística sobre el relevo ha documentado los llamados de militantes y simpatizantes para garantizar esa imparcialidad.
¿Dónde está entonces la voz de Jaina Flores frente a las disputas internas? ¿Dónde están las reglas? ¿Dónde está la autoridad partidista para frenar cualquier intento de cargar los dados hacia uno u otro aspirante? Porque una dirigencia estatal no puede limitarse a administrar la transición mientras otros actores políticos definen el rumbo del partido.
Morena llegó al poder criticando precisamente las viejas prácticas partidistas: el dedazo, los grupos de interés, las cuotas y el uso de las estructuras para favorecer proyectos personales. Si ahora la dirigencia estatal permanece silenciosa frente a esas mismas tentaciones, entonces la contradicción es evidente.
A Jaina Flores le corresponde demostrar que no llegó a ocupar una silla, sino a ejercer una responsabilidad política. Tiene que construir autoridad, garantizar imparcialidad y demostrar que la dirigencia pertenece a Morena y no a ninguna de las corrientes que hoy se disputan el control político del partido.
Porque en política el silencio también comunica. Y cuando una dirigencia no fija posición, no ordena, no arbitra y no marca límites, otros terminan ocupando ese espacio.
Por eso la pregunta comienza a ser inevitable: ¿Jaina Daniela Flores Meneses está realmente conduciendo a Morena en Tlaxcala o simplemente está administrando el vacío que dejó Marcela González?
El reloj político rumbo a 2027 ya está corriendo. Y si la nueva dirigente no logra asumir rápidamente el liderazgo que exige el momento, habrá que decirlo sin rodeos: la dirigencia estatal de Morena le quedó grande y lo grave será la fractura política que se puede avecinar entre tribus y grupos políticos al interior del partido guinda.

