Fotografía cortesía de Juan Rodríguez Bonilla
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  • La corrida de Tenopala, desfondada y descastada, condiciona la tarde y un cartel joven que se antojaba interesante

Estuvimos naufragando tres horas en la absoluta nada. Festejo largo, repetitivo y aburrido. Lo más interesante vino de dos subalternos: Rafael Romero lidiando al primero y Gerardo Angelino jareando al quinto; y también de un espontáneo con cara de niño que se tiró de cabeza al albero, de jeans y camisa blanca, con la convicción de ver de cerca los foscos al último de la tarde; a pesar de los jalones de los toreros urgidos por retirarlo, hincó las rodillas con impávida certidumbre para pasarlo con su vieja muleta en un pase de pecho y otro más cambiando por la espalda entre él y las tablas al toro de Tenopala: para aplaudirle de pie.

Gran parte del naufragio en la nada, tuvo que ver con la condición de la corrida de Tenopala que tuvo apuntes de calidad pero en su conjunto fue desfondada y descastada; ni el torero mexicano en mejor momento Diego San Román —a la par de Isaac Fonseca que al momento de esta publicación está toreando en la final de la Copa Chenel—pudo salir medianamente librado o recordado de la tradicional corrida de la prensa. Se antojaban toros bien presentados y la realidad fue otra pues solamente dos cumplieron a cabalidad con el trapío que dan los cuatro años. Les dieron gato por liebre a los organizadores de la UPET aprovechándose de su inexperiencia, colándoles dos impresentables que se lidiaron en segundo y cuarto.

El calor asfixiaba incluso también en los vomitorios de sombra. José María Macías estaba obligado a asegundar su triunfo de hace meses al lado nada más ni nada menos que de Andrés Roca Rey y con esas intenciones se calzó el vestido goyesco. Toda la tarde estuvo dispuesto y con ánimo de agradar. En su primero, con cualidades adivinadas inmediatamente desde los lances de saludo, hizo todo para que rompiera; la verdad es que también desde salida estaba condicionado a ser un inválido. El quite por gaoneras donde más reposado se encontró fue mayestático y aplaudido por los conocedores. Con la pañosa le dio muchos tiempos para que el castaño embistiendo como vaca vieja se recuperara, pero rozaron en la pesadez y la afición no entró en la faena. Alargó excesivamente. Para su segundo, el impresentable chorreado en verdugo, intentó el triunfo a toda costa; el animal se movió pero fue altamente informal: una buena embestida, una quedándose por bajo, una abriéndose al vuelo y otra ceñido al torero. Necesitado del lógico triunfo se olvidó del reposo e intentó conectar de manera más popular. También alargó en exceso. Mató de una estocada que hizo guardia y el juez no atendió la petición y dio una vuelta al ruedo; incomprensiblemente la autoridad y sus asesores se inventaron un arrastre lento a la informalidad hecha embestida.

Diego San Román estupendamente vestido en un elegante negro y azabache, se quitó pronto de en medio al defectuoso de hechuras y sin los requisitos mínimos de trapío que hizo tercero. Había un criminal debajo de los pelos negros. Coladas de formol por ambos pitones. Alguno sin conocimiento chifló en tono de protesta sin entender lo meneado de sus embestidas. Se comprometió en la estocada y sin importarle el abrazo que le dio dejó la estocada de la tarde. Al quinto que pintaba ciertas bondades lo ahogó desde la segunda tanda; sin recordar la falta de casta y poder de sus hermanos lo apretó hasta que se acobardó. Exceso de tiempo y de encimismo que no emocionó a nadie por la condición muerta en vida del burel apencado en tablas. Mató como si estuviera en el aparato de entrenamiento, es decir a toro parado, y cortó una oreja ligera que no será especialmente recordada.

Alejandro Adame de puntitas. Invitó a banderillear al aspirante Escobedo en su primero, tercero de la tarde, y ninguno de los dos lució. La faena de muleta no tuvo mayor trascendencia y el torero se auto premió con una vuelta al ruedo. En el cierra plaza que también apuntaba buenas embestidas se pasó más tiempo pidiendo su canción (supongo que Pelea de Gallos) a la banda que valientemente aguantó el recurso de poco gusto. Cuando quiso rescatar la faena pero el burel ya había echado la persiana.

La noche se hacía con el calor del azul de la tarde. El último toro era arrastrado por las mulillas y en la megafonía se premiaba con el trofeo Rafael Ortega al queretano San Román. Poco o nada para el recuerdo en 3 horas naufragando en la nada.

APIZACO, TLAXCALA.

Plaza de Toros “Monumental Rodolfo Rodríguez el Pana”.

Tarde muy calurosa. Un tercio de plaza.

6 TOROS DE TENOPALA, muy disparejos en su presentación; bien presentados el primero y el cierra plaza, aceptablemente presentados tercero y quinto, e impresentables el segundo y cuarto.
De juego y comportamiento similar, desfondados y sin poder; aculados en tablas a partir de la mitad de faena. Algunos visiblemente manipulados de sus defensas. El juez de plaza inventó un arrastre lento al cuarto.

José Mari Macías (de goyesco, negro y azabache) silencio y vuelta.

Diego San Román (de goyesco, blanco y azabache) silencio y oreja.

Alejandro Adame (de goyesco, grosella y oro) vuelta y silencio.

INCIDENCIAS:

  • Se guardó un minuto de silencio por el fallecimiento del matador Guillermo Rondero.
  • Se premió al triunfador de la tarde con un busto del matador Rafael Ortega a Diego San Román. Tras partir plaza, su hijo Rafael Ortega Martínez, dio una vuelta al ruedo acompañado por los actuantes, paseando el busto del maestro Ortega.
  • Se examinaron los aspirantes: a picador Miguel Cobos y a banderillero Gustavo Escobedo.
  • Destacó en la lidia del primero el maestro Rafael Romero: capotazos o caricias a las embestidas. Y el maestro Gerardo Angelino banderilleando al quinto.
  • Las mulillas poco adiestradas tuvieron 20 minutos de actuación.
  • Regresó por fortuna una Banda Musical en toda regla; sonando pasos dobles categóricos.
  • El festejo fue excesivamente largo. Cerca de las tres horas.