* Ana Lilia Rivera supera el 53% de las preferencias, según Rubrum, mientras su más cercana competidora registra 14%. Siete de cada diez tlaxcaltecas habrían respaldado su designación y hasta Gerardo Fernández Noroña ha reconocido en ella la mejor opción para encabezar la coalición. ¿Qué pretende negociar el PT frente a este escenario?
El Partido del Trabajo (PT) en Tlaxcala quiere jugar a las grandes ligas rumbo a 2027, pero antes tendría que responder una pregunta: ¿con qué capital electoral pretende negociar la candidatura de la coalición? Silvano Garay Ulloa asegura que su partido presentará un perfil cuando llegue el momento y que la decisión deberá tomarse mediante consenso o un método democrático. Sin embargo, detrás de ese discurso de prudencia política se asoma una estrategia que despierta suspicacias: mantener su cuota de poder mediante los votos que puedan aportarle Morena y el Partido Verde Ecologista de México (PVEM).
El PT intenta proyectar la imagen de una fuerza con estructura, cuadros competitivos y capacidad para influir en la definición de la candidatura. Pero una cosa es tener presencia partidista y otra, muy distinta, demostrar que se cuenta con el respaldo ciudadano suficiente para encabezar un proyecto electoral. En Tlaxcala, la pregunta no es si el PT tiene derecho a presentar una propuesta, sino si dispone de la fuerza necesaria para convertirla en una candidatura ganadora sin depender de sus aliados.
Mientras Silvano Garay reserva los nombres de su partido y espera el momento de negociar, Morena y el Verde siguen consolidando una alianza competitiva y triunfadora con Ana Lilia Rivera Rivera. Los números atribuidos a la casa encuestadora Rubrum ofrecen un argumento para dimensionar el escenario: la senadora con licencia encabeza las preferencias con más del 53%, mientras que su más cercana competidora registra 14%. Una diferencia de aproximadamente 39 puntos porcentuales que coloca a Rivera con una ventaja cercana a cuatro veces la preferencia de su rival más próxima. Si estas cifras se mantienen, el escenario para sus adversarios será particularmente complicado.
A esa ventaja se suma otro dato político relevante: de acuerdo con los resultados difundidos sobre la designación de Rivera como coordinadora estatal de Defensa de la Transformación y la Soberanía Nacional, siete de cada diez tlaxcaltecas se habrían declarado satisfechos con la decisión de Morena generando un respaldo ciudadano de apoyo al proyecto. Esta cifra apuntaría a una recepción favorable de su nombramiento y reforzaría la percepción de que la senadora cuenta con una base de respaldo que va más allá de las estructuras partidistas. La preferencia electoral y la satisfacción con una designación son indicadores distintos, pero ambos contribuyen a entender el momento político que atraviesa Morena en Tlaxcala.
A este panorama se suma un elemento que merece especial atención y es que el Senador Gerardo Fernández Noroña, uno de los principales referentes políticos del PT y figura identificada con el liderazgo moral del partido de la estrella, ha reconocido en Ana Lilia Rivera Rivera la mejor opción para encabezar la coalición. Este respaldo resulta políticamente significativo porque muestra que la valoración de Rivera no se limita a las filas de Morena y que su perfil también puede encontrar reconocimiento entre figuras nacionales y liderazgos vinculados con el petismo nacional.
Si el PT tiene entre sus propios referentes a voces que reconocen la competitividad de Ana Lilia Rivera Rivera, la dirigencia estatal tendrá que explicar por qué mantiene abierta la posibilidad de impulsar una candidatura propia y qué elementos justificarían esa apuesta. Presentar alternativas es legítimo; pretender que una alianza garantice posiciones sin acreditar la fuerza electoral correspondiente es otra cosa.
La lectura política es clara: si Morena y el Verde siguen fortaleciendo la candidatura común de Ana Lilia Rivera, podrían llegar a la contienda con una posición competitiva y con un amplio margen de ventaja sobre su más cercana contendiente. En ese contexto, el PT tendrá que explicar qué aporta a la alianza. Cuando un perfil concentra una ventaja de esa magnitud en las mediciones difundidas, la discusión deja de ser únicamente quién quiere la candidatura y comienza a girar en torno a quién tiene mayores posibilidades de ganar.
Aquí está el verdadero problema para el partido de Silvano Garay Ulloa: en cada elección, los resultados cambian porque los ciudadanos no votan exclusivamente por las siglas. También evalúan a las personas, sus trayectorias, sus propuestas y su capacidad para gobernar. Las estructuras partidistas cuentan, pero no son propietarias de los sufragios. Los votos no son patrimonio del PT, de Morena ni del Verde; pertenecen a los ciudadanos que deciden libremente a quién respaldar.
Por eso, la estrategia petista corre el riesgo de convertirse en una negociación para preservar posiciones políticas y corre el riesgo de que la negociación política se caiga y se queden sin nada. Si Morena y el Verde siguen incrementando el respaldo electoral necesario para competir por la gubernatura, el PT podría terminar dependiendo de la fuerza de sus aliados para conservar espacios legislativos, posiciones administrativas y presencia en las estructuras de poder. En ese escenario, su participación en la coalición sería irrelevante para negociar, aunque en política los puentes y la negociación deben generarse para mantener la unidad.
Y si el PT decidiera competir por su cuenta, tendría que enfrentar una prueba todavía más exigente: demostrar cuántos votos puede obtener con sus propios candidatos, sin sumar automáticamente los sufragios de Morena y del Verde. Esa sería una medida más clara de su fuerza electoral real que cualquier declaración sobre estructura, organización o capacidad de negociación.
El PT tiene derecho a presentar candidatos y participar en la definición de la coalición, pero ese derecho no equivale a tener garantizada una cuota de poder. Si pretende encabezar la candidatura o reclamar posiciones relevantes, deberá acreditar su competitividad, demostrar respaldo ciudadano y aceptar que la decisión se tome con reglas claras. De lo contrario, su insistencia en negociar podría interpretarse como un intento de conservar espacios políticos mediante una fuerza electoral que, sin la alianza, podría ser considerablemente mucho menor de la narrativa que se pretende hacer creer que existe.
Silvano Garay puede reservarse los nombres y esperar los tiempos de la negociación. Lo que no puede reservarse es el derecho de los ciudadanos a decidir quién los representa. Si el PT tiene cuadros competitivos, que los presente; si tiene estructura, que la demuestre en las urnas; y si considera que puede aportar una candidatura ganadora, que la someta a la evaluación democrática correspondiente.
Porque rumbo a 2027, el verdadero desafío no consiste en demostrar quién tiene más experiencia para negociar posiciones, sino quién cuenta con el respaldo ciudadano para gobernar Tlaxcala. Si las preferencias difundidas por Rubrum y los indicadores de aceptación de su designación se mantienen, Ana Lilia Rivera llegaría a la siguiente etapa política con una ventaja que sus adversarios tendrían que tomar en serio.
La pregunta es inevitable: si Ana Lilia Rivera tiene una ventaja considerable en las preferencias y su perfil también recibe reconocimiento de figuras vinculadas al PT, ¿qué pretende negociar la dirigencia petista: una candidatura competitiva o una cuota de poder para mantener a sus mismos cuadros en las posiciones políticas?

