¿El arte sirve de algo o solamente es un ornamento fútil entre nuestros días? Conocí a Robe Iniesta gracias a Andrés Suarez quien versionara varias canciones de él en un concierto en Salamanca allá por el 2015; fue uno de los conciertos de mi vida, todos estábamos borrachísimos —inclusive el propio Andrés— no solamente de alcohol, sino también de letras catándose en la intimidad de emociones entre unas privilegiadas cincuenta personas. Pero hubo canciones que no reconocí en su repertorio, y con respeto, estaban lejanísimas a ser del titular del concierto. Me saciaron como si hubiera encontrado agua en un desierto. No había Shazam o yo no lo conocía, y tuve que voltear con una chica guapísima y después de sus ojos me encontré con la respuesta como si ella supiera mi pregunta: Extremoduro, Robe Iniesta. Esa noche y esa respuesta se volvieron un imprescindible en mi vida.
Con permiso de Joaquín Sabina, Antonio Vega, Serrat y Enrique Urquijo, se ha muerto el mejor escritor de canciones en España por décadas completas. Desde esa noche en Salamanca consumí Extremoduro incesantemente; en todas las situaciones posibles, para reponerme, para irme arriba, para reflexionar, en el amor y en el desamor y en todos los aspectos de mi vida; pero en el 2023 con Robe en solitario, me maravilló y afirmé su genialidad poética y filosófica con su último álbum en solitario, especialmente con la canción “El poder del arte”, una composición brutal y para mí una de las canciones más bellas y complejas nacidas de la inspiración de un hombre. La tesis es simple: el arte sirve para salvarnos de una vida inerte y caótica. Cuántos de nosotros no hemos removido y recompuesto nuestro ser tras ver una pintura, cerrando la última página de un libro, llorando con una película o cantando en vivo una canción.
El arte es lo único que puede vencer a la muerte, a la ausencia, al vacío. El arte, es a lo que se refiere Robe con ese verso preciosísimo de la misma canción: ojalá que te hubieras quedado conmigo aquí… eso, es la respuesta a cualquier Bella Arte, es la rebelde refutación al dolor, a lo inentendible de la vida, es lo que se queda y por lo que vale la pena continuar. Porque la vida nunca se entenderá objetivamente y solo mediante El arte se vislumbran respuestas de lo imposible. Detesto quedarme sin respuestas. Hace poco, un amigo de dos hermanos —uno de sangre y otro de elección— murió con una vida por delante; digo, no era especialmente mi amigo, pero el ser amigo de ellos automáticamente lo volvía un amigo. Cuando abracé tras saber la noticia a J., me dijo, ahora pienso en “La ridícula idea de no volver a verte”. Un libro de Rosa Montero que le recomendé hace tiempo. Y me emocioné. La última vez que vi a nuestro amigo (me atribuiré su amistad por lo dicho) fue en vísperas de entrar al Tecate Comuna hace veinte días; lo recuerdo alegrísimo, como si no supiera que iba a morir, fumando conmigo contándome su felicidad en el mismo festival del año pasado. Finalmente, ante su ausencia del concierto nos pidió, que le grabáramos “Luna” de Zoé y qué disfrutáramos un chingo. La banda ni siquiera la cantó, pero ahora, esa canción cobra una dimensión especial y será un referente para lo escrito por Robe con ojalá que te hubieras quedado conmigo aquí, y a todas esas interrogantes de la canción, en las que buscaremos medianas respuestas en su recuerdo y en este caos llamado vida. Ella es un caos, yo soy un caos, él era un caos, tú eres un caos, el mundo entero es un caos, (caos, del griego Kháos o cháos, vacío abismal; un espacio vacío e inconmensurable, primer estado del universo), y el arte y algunas personas, quizá sean el único puente para tejer entre la oscuridad caótica de lo inentendible y la poca luz alumbrada en la vida terrenal; puede que tenga razón Robe, más allá de dioses, nuestra salvación es esta: personas-ojaláquetehubierasque dadoaquí quienes nos puedan salvar de una vida inerte, y El arte, como cura primera e intento de respuesta de lo inentendible.
De tanto que me dio y dejó escrito, sentía a Robe Iniesta como un amigo; gracias a mi hermano y a J., el extrañado M., era un amigo además de ser un hombre bueno. Ojalá que se hubieran quedado aquí, con nosotros, pero la vida se trata solamente eso: de morir. De esperar la muerte y hacer de este caos, esta vida inerte, una salvación como una luz en el infierno. De “El poder del arte”. De “Luna” de Zoé. De aquellos libros y esas lejanas películas. De esos conciertos y de aquellas noches. Siempre en memoria de Robe Iniesta y de M., y de esas personas-ojaláquetehubierasque dadoaquí que ya no están y no hacen más que esperarnos. Y por aquellas canciones que nunca olvidaremos.
