La política en Tlaxcala, siempre marcada por lealtades frágiles y cálculos de supervivencia, nos ofrece una vez más una escena reveladora: Ir a misa no es estar en misa.
Aquellos que posan para la foto con el poder no necesariamente pertenecen a su proyecto ni le guardan lealtad genuina.
Simplemente evitan quedar fuera del presupuesto, del radar, o de las oportunidades que aún restan en el sexenio.
Un caso concreto ilustra esta dinámica. Cierto ex funcionario que manejaba —al menos en el papel— las finanzas y la operatividad clave del gobierno estatal, decidió retirarse anticipadamente de su cargo a inicios del 2026, tras más de cuatro años como pieza cercana al gobierno estatal y sin embargo algo lo orilló ayer a publicar una imagen donde presumió su presencia en un acto, donde por cierto no aclaró si fue como titular, o como parte de la decoración.
Su salida no fue un mero trámite administrativo; generó especulaciones internas sobre fisuras en Morena y dudas sobre la solidez del proyecto oficialista.
Esa decisión, más que cualquier declaración, habla de percepciones reales: para muchos burócratas el barco de la continuidad no parece el ganador indiscutible rumbo a 2027.
Esta misma lectura aplica a quienes han salido públicamente a mostrar su “afecto” por el cumpleañero Alfonso Sánchez García, actual presidente municipal de Tlaxcala y uno de los aspirantes más visibles a la gubernatura en 2027.
Manifestaciones, eventos y apoyos que se multiplican no siempre reflejan convicción profunda.
La mayoría responde a presiones laborales, a la necesidad de no quedar marginados del erario, o a la lógica de supervivencia en un estado donde el presupuesto estatal es el oxígeno de miles de familias.
No es adhesión real; es cálculo pragmático. Muchos de esos burócratas y servidores públicos que hoy acuden a los actos a favor de Sánchez García jamás votarían por él en la urna, porque intuyen que una continuidad dinástica —con la posible sucesión en manos de familiares o allegados cercanos— podría endurecer aún más las exigencias y la presión sobre ellos.
Alfonso Sánchez García, hijo del exgobernador Alfonso Sánchez Anaya, ha construido una trayectoria que combina herencia política con cargos clave en la administración actual:
fue Secretario de Infraestructura y ahora lidera la capital. Su perfil lo posiciona como opción fuerte dentro de Morena, pero también como símbolo de continuidad que genera rechazo en sectores que ven en él, un regreso de prácticas dinásticas que el partido prometió combatir.
Sus encuestas recientes -todas a modo- pretenden colocarlo en disputa interna con figuras como la senadora Ana Lilia Rivera, quien lidera preferencias en verdaderos sondeos morenistas y otras lo colocan inalcanzable ante perfiles como el del secretario de finanzas del Estado de México, Oscar Flores Jiménez, que pasó de “no estar” a ser omnipresente.
Sin embargo, el ruido en redes y medios locales apunta a una campaña anticipada disfrazada de gestión municipal, con denuncias de coerción a servidores públicos.
La presión sostiene sobre alfileres al candidato de esta administración. Que nadie quiera pelearse abiertamente con el poder es comprensible; pero que tampoco quieran estar demasiado cerca revela el sentimiento real.
En Tlaxcala, el terror laboral pesa más que la lealtad ideológica. Miles saben que estar al margen equivale a quedar fuera del presupuesto, pero también perciben que una imposición sucesoria podría duplicar las presiones y empeorar su situación.
Que no se diga que no existe lo que todos vemos en redes y conversaciones privadas. Esta ruptura anticipada —simbolizada en salidas como la de Vivanco y en apoyos forzados— es una muestra clara de lo que se avecina en 2027.
Una elección donde el oficialismo llega debilitado por desconfianzas internas, desgaste gubernamental y una base que aplaude por obligación más que por convicción.
La foto puede ser bonita, pero no engaña a quien entiende que, en política, la verdadera lealtad se mide en votos, no en sonrisas para la cámara, y que ir a misa no necesariamente es estar en ella.
Durante mi infancia “doña nene”, mi hermosa abuelita, tenía como regla inflexible llevarnos a misa a los nietos y sin embargo aunque la acompañaba jamás estuve. En mis pensamientos estaban subiendo a los árboles de zapote, correteando gallinas o desgranando con mi abuelito. Llegar o ir a misa no significa estar en ella.







































































