- “El Zotoluco” firma una sublime obra muy digna de la memoria de su archienemigo y homenajeado Rafael Ortega. Tarde ya colgada en las más bellas páginas de la historia taurómaca tlaxcalteca.
Fue como si corriera la década de los noventa. Como si en el burladero de matadores calentara su piel y su valor Rafael Ortega con esa mirada de Rocky Balboa. Como si fuera aquella tarde donde se trompicaron la boca a puñetazos en Guadalajara, o como si ambos, supuestos e imaginados, no tuvieran ni doscientos pesos en los bolsillos y tuvieran que ganarse el lugar en el cartel del siguiente día; con esa tirria, con esa pasión, con esas ganas de mandar en el toreo. Así salió Eulalio López “El Zotoluco”, con las canas peinadas de la figura del toreo que fue, que es, y como si compitiera una tarde más con otra figura del toreo: Rafael Ortega. Ellos, las últimas dos grandes figuras que ha tenido México, se midieron por última vez en una redondel: Rafael arreando con su puritito nombre y legado, y Eulalio dando catedra en una lidia magistral —una faena, de esas que ningún torero mexicano es capaz de hacer en la actualidad— y la tarde, esa tarde que, primero hizo calor, luego llovió y luego escampó, se recordará como una de las más bellas páginas del toreo tlaxcalteca.
Con esa raza inimitable, Eulalio López recibió al de Marrón con verónicas poderosas. No se notó en absoluto el tiempo que llevaba sin torear en público; al contrario, su hondo entendimiento del arte de Cúchares, hace tanta falta en la orfandad del escalafón. Tiempos precisos y toques certeros; lo hizo ver mejor de lo que era. Toreó sintiendo la respiración del burel. Largo. Lento. Cada vez más lento. Quizá exageró en la longitud de la faena, pero qué más da, todos queríamos seguirlo viendo torear, y el novillo, finalmente, poco le ayudó en la suerte suprema. Pinchó y pinchó.
Antes, se partió plaza y se otorgó un minuto de aplausos a la memoria del maestro Rafael Ortega. Después, se entregaron reconocimientos y reconocimientos, a este, al otro, y al otro, durante casi veinte minutos. Una vez satisfecho el ego de todos los organizadores y participantes del festival, salió el extraordinario primero que lidió con clase en su doma Giovanni Aloi; dieron ganas de ver embestir en la muleta al de Boquilla del Carmen. Luego, salió el primero de Alberto Ortega que fue complicado y que fue en el que llovió. Diluvió. El diestro fue volteado de fea manera e ingresó inconsciente a la enfermería. Lo despachó con complicaciones Eulalio.
Después del tercero, vino Uriel Moreno “El Zapata” con el de Rancho Seco, que destacó como habitualmente sucede con quites vistosos y sobre todo en el segundo tercio. Cortó una oreja. “Octavio García el Payo” compuso los muletazos más estéticos y cuidados de la tarde. También una media de cartel. Poco más. La tarde explotó cuando Sergio Flores subió al jamelgo a puyarlo en dos ocasiones, uno al relance, otro de lejos. El puyazo de la tarde. El tercio de banderillas fue memorable. Sergio, invitó primero a “El Payo” y luego a “Zapata”. El cuarteo de Sergio fue eficaz, el de Octavio muy torero y el de Uriel es simplemente uno
