-
Nunca fui fan de Bad Bunny hasta la noche en que defendí a Bad Bunny con mi único argumento de que una canción, no solamente es una canción… es un ente vivo, un agente emocional e incluso político.
No es que Bad Bunny encabece mis resúmenes de lo más escuchado, sin embargo, varias de sus canciones están organizadas en mis listas musicales aunque con sinceridad nunca me había emocionado tanto escucharlo como lo fue por su intervención en el evento gringo por antonomasia: el Super Tazón en su minuto de oro americanísimo, pero ahora, en español.
Habrá expertos melómanos que puntúen los mejores mediostiempos en la historia de la NFL, pero el de Bad Bunny ya resulta vital —y opinión personal, uno de los más relevantes— por ser el primer musical en español mientras transcurren tiempos bajos en la democracia estadunidense por las riendas tiranas de Donald Trump. El deporte no solamente es deporte. La música no es solamente música. La reducción más pequeña de la música es la canción y la canción es elementalmente nuestro consumo diario más próximo a lo emocional y político.
La propuesta musical de Bad Bunny a muchos no les parecerá influyente o relevante, pero es innegable que sus sonidos y letras impregnan raíces latinoamericanas, sencillas de reconocer en ellas olores, sabores, rostros, ojos, mares y atardeceres; la música sin tener imágenes, nos hace crearlas en nuestros sentidos y si de algo nos podemos jactar en Latinoamérica, es que, en eso, pocos nos pueden competir porque la riqueza cultural de los pueblos latinos es patrimonio de la humanidad. “El folclore es todo aquello que el pueblo aprende, sin que nadie se lo haya enseñado”, dejó dicho Atahualpa Yupanqui, y validar nuestro idioma y parte de la cultura latina en el espectáculo gringo por excelencia fue bellísimo. Trump, enseguida publicó en sus redes sociales que el espectáculo de Bad Bunny era uno de los peores de la historia y una bofetada para su país: “No tiene sentido, es una afrenta a la grandeza de Estados Unidos y no representa nuestros estándares de éxito, creatividad ni excelencia. Nadie entiende ni una palabra de lo que dice este tipo, y el baile es repugnante, especialmente para los niños pequeños que lo ven desde todo Estados Unidos y el mundo”.
La canción siempre ha sido parte elemental en la revolución de las conciencias y en los movimientos sociales. Quizá la historia oficial no reconozca a Charly García, Fito Páez o a Fabiola Cantila como personas cruciales para derrocar la dictadura argentina (por ejemplificar el primer suceso que se me viene a mente), pero es vital que en nuestras canciones diarias habitemos (y exportemos el sentimiento) la importancia y orgullo de Lo Nuestro e incluso se validen nuestras causas, porque eso, será una pequeña batalla ganada que algún día rendirá frutos. Los tiempos de la canción de protesta latinoamericana altamente refinada, esas de Silvio Rodríguez, de Mercedes Sosa, de Fito Páez, de Charly García, de Víctor Jara, de Atahualpa Yupanqui o de Pablo Milanés han trasmutado para llegar al clímax por un reguetonero abriendo paso a codazos al español en días donde molesta mayormente el español y lo latino. No es sobre cuál canción es mejor o peor, es sobre la unificación de Latinoamérica, sobre la libertad y el respeto que merecemos entre naciones. Es sobre demoler el odio. Nunca fui fan de Bad Bunny hasta la noche en que defendí a Bad Bunny con mi único argumento de que una canción, no solamente es una canción… es un ente vivo, un agente emocional e incluso político. No soy fan de él pero qué viva Bad Bunny y el español. La nueva canción de protesta latinoamericana es un reguetón ligerito.

