Justo ahora podría comprender todo lo que hay

Eduardo Lozano, articulista y opinador de MR Noticias
Eduardo Lozano, articulista y opinador de MR Noticias
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En una parte de “Train Dreams” —una de mis películas favoritas del año—, ella le dice a él una declaración bellísima: justo ahora, podría comprender todo lo que hay. El amanecer palpita intencionado en ser día y los caminos son borrados por el deshielo. La montaña ruge quieta. El viento circula sobre la sangre de los rostros y la niebla está perdida desde la cima. Un alud de palabras y silencios entierra todo; no hay animales, no hay nidos, los árboles desaparecen y las ramas crujen en silencio. El sudor se congela en las frentes marcando con indeleble a los días raros, y aun así, nadie llora, nadie gruñe, nadie grita. Por unos segundos las mentes están vacías de todo y no se piensa en nada. Algunas veces llega el vacío y llena todo. Felicidad, le dicen. Como cuando nada se movió en esa noche. La vida es tan bonita que parece de verdad, dice una canción. Se ensancha el Todo, cuando todo está por iniciar y también cuando nada no está iniciando.

Justo ahora podría comprender todo lo que hay. El impulso de tirarte al mar y nadar para no ahogarte. La constante de no querer dejar lugares ni personas. Las raíces de los árboles. El porqué de Sally esperando y la vuelta de Oasis. Las historias de un par de días y las promesas de toda la vida. A Nick Cave y su Into my arms; y el amor en el que cree él. Las copas calladas y su huelga para dejar de sonar por sonar. La ira, la tristeza, la angustia. Los ojos enamorados. Los ojos de los adioses. A Cristo, a Jesús el Cristo, a Siddhartha Gautama abrazado a los Dioses del Olimpo y a todos los que posaban en selfies en La Academia de Atenas. Cualquier indicio de paz y de guerra. El frío araña gradualmente, pero es permanente y suficiente para roer las tripas y hacerme recordar que justo ahora podría comprender todo lo que hay, pero sin pensar en nada. Presagio almas al lado de todos los amaneceres que nos han traído hasta aquí. También los reductos de la cima. Y la muerte. La euforia, el rencor, el perdón. Los sinsentidos. Y el amor, otra vez. El silencio se puede sostener; pesa, pero es tolerable. Vuelve la montaña a rugir quieta. El hielo invade a la maleza, pero luego se derretirá. Siento la piedra de mi descenso inestable; caer significa morir estando vivo y siempre pensé que para morir había que estar muerto. Pero no es posible morir en este momento de vacío porque más allá de todo, justo ahora podría comprender todo lo que hay. Felicidad, le dicen. ¿Cuántas días felices son enterrados entre los huecos de la montaña?

Luego, abajo de la montaña, todo está listo. Vajillas, manteles, uvas. Deseos que pronto renunciarán. La montaña vuelve a su brío. El día es terso y estoy despierto con personas a las que quiero. Y eso es suficiente. Y es mucho. Abajo duermen, pero yo estoy despierto con ellos. Todos cumplen años. Nadie se marchita ni hay dolencias; no crujen las rodillas porque están aceitadas desde hace tiempo. No hay problemas ni curvas porque es una vía recta sin final. No hay sentido del arriba ni del abajo; el espacio es uno y es habitado por nosotros en lo absoluto. El cielo almacena lunas y horas y soles y a nosotros y a todo el porvenir. Que no intervenga nadie en este momento. Ni Dios, porque justo ahora podría comprender todo lo que hay. Es tu vida. Es mi vida. Que no intervenga nadie porque no quiero agotarlo; suplicaré el resto de mis días como lo hizo Desdémona al Otelo de Shakespeare: Déjame vivir siquiera esta noche. Mátame mañana. Se lo repetiré una y otra vez hasta que ya no encuentre ni exista ni nazca ningún motivo para implorarlo.

Feliz año nuevo.