Correr en Roma es contradictorio. Por tantos pasos vertidos en ella, es imposible alejarte de quien nunca ha ido a ninguna parte, de quien se resiste desvestir a su pasado para calzarlo de ruinas presentes, de quien se erigió para que todos los caminos condujeran a ella, y de quien de sus árboles brotan como frutos, almas en pena, plagas, pecado, y dolores de crucifixiones, pero también, eternidad y deseo y redención y vida. Todo. Y aunque correr en ella fuera un absurdo, como alguien perfectamente tan contradictorio —que lo soy— como la propia ciudad, aun así, decidí correr 42 kilómetros. Hace un año exacto, con pisadas imperfectas y lentas, de muerte y nacimiento en cada zancada, de soledad, de sudor nec spe, nec metu.
El café de la mañana, como siempre —que me vuelve ser pensante (a veces)— pero ahora en las puertas del metro Manzoni. Todo era prisas en silencio y calentamiento. Si algo me gusta de las competencias es ver a los corredores acercarse por la mañana hacia la meta con todas sus manías a cuestas; de dos en dos, solos o con sus acompañantes; con la cabeza agachada, en silencio o en gritos. Luego, el amanecer ensayaba su color asomándose por los balcones y vomitorios del Coliseo. Y una espera de carneros en el matadero. Lo de después se encuentra perdido. Mi primer maratón había sido una odisea, pero lo recuerdo perfectamente, incluso diría que cada kilómetro. Este, el segundo tuvo tantísimo de libertad y de unión con el Todo, pero no lo recuerdo. Evoco las sensaciones extracorpóreas, como si mi alma recordara, pero tengo pocas imágenes; uno que otro esbozo, un flash breve por San Pablo Extramuros (quizá por mi ardua admiración a Saulo de Tarso), otro alumbrado en la magnificencia de la armonía de San Pedro y el ultimo tiene que ver con los ojos de una chica en Piazza di Spagna. Tres brevísimos recuerdos en 42 kilómetros corriendo. Murakami lo llamaba un estado meditativo. ¿Lo viví?
¿Será que, de lo vivido con algo o alguien, solamente recordamos con perfección el barro de lo humano por su carácter nostálgico y de apego material en espacio y tiempo? ¿Será que, de lo sentido con algo o alguien, hondo y profundo, se pierden las imágenes por el hueco dejado por la caricia de la conversación con el Logos?
Estarme sin recuerdos vividos a un año de haberlo corrido es inquietante. Hubiera querido para esta entrega reconstruirlos o hacer ficción de ellos, si quiera. Eso deja escribir, pero finalmente no quise tocarlo demasiado y solamente lo puedo explicar con el síndrome de Stendhal. «Había llegado a ese punto de emoción en el que se encuentran las sensaciones celestes dadas por las Bellas Artes y los sentimientos apasionados. Saliendo de Santa Croce, me latía el corazón, la vida estaba agotada en mí, andaba con miedo a caerme». Si me preguntan si volvería correr un maratón, respondería como respondería un adicto, que sí, por buscar de nuevo esa sensación absoluta de libertad, de ninguna ancla mental ni espiritual, de ser yo en lo absoluto por tres horas con cincuenta minutos. Ser yo en un mundo que prisionero es. Il mio canto libero de Lucio Battisti.
Ahora, entiendo a Roma. Entiendo su nostalgia porque yo pienso igual: es imposible abandonar el apego que tiene Roma a lo humano, a las ruinas, a la belleza de lo imperfecto; es imposible fluir como el Tíber, derrocar y construir la conversión perfecta sobre la voluntad de un Dios que vive allí y en todos lados. Es imposible por mi carácter terrenal. Correr es inútil y contradictorio. A veces. Solo a veces. Otras tantas se puede acariciar, se puede sentir mínimamente la razón del Logos y comprender por una fracción de segundo todo lo que hay. Aunque estes corriendo por las ruinas de imperios pasados.


