- Las manos de don Gabriel reparan cerca de 500 niños al año, algunos se enviaron a países como Noruega, Filipinas, Japón, y Estados Unidos.
En un modesto taller donde el olor a yeso se mezcla con la devoción, las manos de Gabriel Chacón Carvajal trabajan con una delicadeza que parece milagrosa.
Durante tres décadas, este artesano restaurador ha dado una segunda vida a cientos de imágenes religiosas, pero especialmente a los niños Dios que, rotos por accidentes, el tiempo o el descuido, llegan a él buscando sanación.
“Más que un oficio, es un compromiso con la fe”, confiesa Gabriel mientras con precisión de cirujano recompone un brazo desprendido. “La gente no viene solo con una figura de yeso, viene con su historia, su milagro, su fe en pedazos”.
Gabriel heredó el arte de su padre, comenzaron sin herramientas ni materiales adecuados, pero con la convicción de que estaban preservando algo más que imágenes.
“Mi papá tuvo su fuente de trabajo en esto, y yo por curiosidad y por el amor que se le tiene a las imágenes, fui aprendiendo” rememora.
Hoy, su taller restaura cerca de 500 piezas al año, el 90% niños Dios, algunos de ellos luego de pasar por su taller han sido enviados a distintas partes de México e incluso del extranjero: Noruega, Filipinas, Japón, y Estados Unidos.
Cada restauración es única, desde una mano fracturada, el daño más común, hasta un niño completamente carbonizado por un incendio, Gabriel y su equipo moldean, rellenan y pintan con paciencia de orfebre.
Una reparación simple puede tomar dos horas; una compleja, hasta tres días. “No es solo pegar, es devolverle el alma”, explica.
Lo extraordinario no es solo la técnica, sino la razón por la que las personas prefieren restaurar antes que comprar una imagen nueva: “La fe no tiene precio”, afirma el artesano.
“Muchos dicen: ‘Mi niño me hizo el milagro, se cayó, y repararlo vale todo’. A veces pagan entre un 50% y 70% más de lo que costaría uno nuevo, pero el valor emocional es incalculable”.
Al devolver un niño Dios restaurado, Gabriel experimenta una “gran satisfacción y orgullo”. Sabe que entrega no solo una figura, sino un símbolo de fe renovado, “es un legado familiar, nadie es eterno, pero esto se lo enseñaré a mis hijos, a mis nietos, a quien quiera aprender”.
En un México donde tradiciones como la presentación del niño Dios el 2 de febrero se mantienen vivas, el taller de Gabriel Chacón es más que un negocio: es un santuario laico donde la devoción se repara con yeso, paciencia y corazón.
Al final, concluye mientras acaricia suavemente la mejilla de un niño recién pintado, esto es amor, amor al arte, a la tradición y a la fe que nos une”, así desde el corazón del anexo al mercado Emilio Sánchez Piedras en la capital de Tlaxcala se construye la magia de devolver a su mejor versión las imágenes del niño Dios que acompaña los hogares mexicanos en estas emblemáticas fechas.

