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Canta Robbie Williams en Ciudad de México. Ya antes lo habían hecho muchos artistas. Era un festival. Yo escogí ver a Manuel Carrasco o Moenia por ejemplo, pero esperando la actuación del británico quien siempre me ha entusiasmado por el poder de su música. Es muy fácil entender la personalidad de un artista por medio de sus letras y las de Robbie siempre lo han delatado sumergido en una inmensa fragilidad producto de su sabida depresión y adicciones a las que por fortuna ya ha atado a algo superior a él. «Muchas gracias México, esta noche para ustedes es de entretenimiento pero para mí es terapia». El artista, el de verdad, halla en sí el encargo de convertir a sus demonios en arte, y creo que de ahí, de esas profundidades inhóspitas y de la honestidad vienen legitimas obras celestiales que resultan ser ansiolíticos para artistas y receptores. Porque sí, la música, la poesía, el cine y todo lo relativo salvan y transforman.
Llegando casi al final del concierto es cuando siento y conozco el amor del que habla su canción Feel con un plano que me trastoca: suena Angels y un hombre delante de mí saca la ovalada fotografía en blanco y negro (como esas de titulación donde pocas veces uno sale bien) de una mujer, y la enfoca delante de la cámara telefónica con dirección al hombre que canta «I sit and wait/ Does an angel contemplate my fate? (…) Me siento y espero, ¿Un ángel contempla mi fe/destino?». Está grabando un video, pero sobre todo, la presencia en papel de la mujer en blanco y negro se convierte a todos los colores que da la vida presente. Llueve. Todo el concierto ha llovido, pero ahora se intensifica. Las tímidas gotas de lluvia embarran por los cielos las luces nacidas del escenario y se vuelven como sables de Star Wars proyectados. Todos alzan tanto la cámara para inmortalizar el momento que no dejan ver; pero no importa porque yo sólo quiero escuchar y ver la reacción del que tengo delante. Termina la canción y quizá la mujer vuelve a morir o a desaparecer de su lado haciéndose poco a poco otra vez de papel. El hombre guarda la imagen en su cartera y baja el teléfono; quiero entender que llora o al menos seca las gotas de su rostro con el puño de su chamarra.
Ahora pienso en todos los momentos de belleza que nos hubiera gustado compartir con alguien y que por azares de cesación, lejanía o simple decidía no se consigue; o pienso también en los momentos que sí se consiguieron y son un lugar seguro. Pienso en las canciones que nos gustaría gritarle a alguien o en los recuerdos que reviven sólo por la persona que tuvimos al lado (aunque sea en fotografía) y no tanto por la calidad paisajista (aunque sea mucha). Porque suscribo la última gran reflexión de Leila Guerreiro en su columna de El País, «¿Puede uno enamorarse de un paisaje? Claro que no. Uno se enamora de lo que puede ser allí». Indudablemente aquel señor al que nunca olvidaré (aun sin haberle  visto el rostro), no vivirá añorando ni el concierto ni haber tenido a Robbie Williams a cincuenta metros; añorará el sentimiento de lo que pudo ser allí cantándole a su ángel: fue novio, esposo, amante, hermano o hijo de nuevo —aunque ya haya terminado y no vuelva más a serlo— con la genial idea basada en la fe, de darle vida presencial y terrenal a un trozo de papel.
Compartir un sentimiento, ávido motor del arte, es lo que condiciona a la humanidad y lo que le da razón a muchas vidas. Se equivocó Robb; pues para nosotros o para la mayoría, él cantando no fue un mero y mundano show. Fue un bello y adictivo ansiolítico de vida.